jueves, 10 de noviembre de 2016

DONALD J. TRUMP. LA VICTORIA QUE NADIE QUISO VER

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Donald Trump es Presidente de los Estados Unidos. La frase y el hecho ocurrido asustan porque parecía improbable que venciera a sus rivales republicanos en la disputa final hacia la presidencia y que lograra la victoria ante Hillary Clinton. Trump no solo ha derrotado una mujer preparada, supuestamente más capacitada para el cargo por su experiencia como Secretaria de Estado para el bluf que ha supuesto el Gobierno de Barack Obama; sino que además se ha llevado por delante al Partido Republicano –que le fue retirando algunos apoyos según fue avanzando la campaña electoral- y al Partido Demócrata, descabezando a su lideresa a la que ha jubilado a una edad avanzada como para que Clinton pueda postularse a una futura reelección dentro de cuatro años pero aún joven para no desempeñar ningún cargo relevante en la política americana.
Algunos factores que revelan la victoria de Trump tienen un carácter de negación o de rechazo, algo parecido a la definición clásica del fascismo establecida por los historiadores. Trump es un outsider político como lo fue Hitler en la República de Weimar hasta su nombramiento como canciller en 1933. Su victoria se ha cimentado en las zonas rurales y en ciudades de tamaño pequeño y medio con el voto blanco obrero –e incluso con cierto nivel de estudios-. Pero sociológicamente es más interesante analizar el por qué de su triunfo y es que la imagen creada por Trump representa el sueño norteamericano del hombre hecho a sí mismo. Aunque el hecho real de cómo ha conseguido su fortuna dista mucho de lo que él presenta puesto que nació en una familia de clase alta con todas las facilidades y comodidades a su alcance y a lo largo de su carrera como promotor inmobiliario en el barrio de Manhattan se arruinó varias veces. La más grave tuvo lugar alrededor de unos quince años cuando se descubrió un agujero en las cuentas de sus empresas por un valor superior a 3.000 millones de dólares. Pero los bancos estadounidenses decidieron que era demasiado poderoso para dejarlo caer, así que negociaron una quita que Trump aprovechó para vender su apellido. Los edificios con su nombre que hay en lugares como Panamá o Filipinas no son suyos, sino que él cobra unos derechos de imagen para que se bautice a esas edificaciones con el consabido “Trump Tower”. Además, consiguió relanzar su imagen mediante el reality “El aprendiz” que supuso su plataforma de lanzamiento para la carrera política.
Algunos analistas políticos no han llegado a comprender que la poca preparación política de Trump era justo un factor a su favor. Recordemos a Ronald Reagan -de actor a Presidente de Estados Unidos-, Schwarzenegger como Gobernador de California o el enfrentamiento entre Bush y Al Gore en el año 2000. Ahí se demostró que la experiencia no es un factor clave y que potenciales votantes norteamericanos ven como algo extraño y alejado de sus intereses a una persona con formación académica. Lo que han pretendido aupando a Trump a la presidencia es recuperar –según su visión del mundo- su papel hegemónico a nivel económico, productivo y militar mezclado con enormes dosis de un nacionalismo y populismo. Buscaban romper el sistema político –algo que representaba Clinton- tal y como lo conocían. Y han dado el primer paso.
Otro hecho importante ha sido la tremenda incapacidad de los politólogos para caer en la cuenta de que tras la crisis económica en 2007 originada en Estados Unidos y extendida a nivel mundial en el 2008, el populismo de extrema derecha encontró una rendija –junto a la incapacidad de la moribunda socialdemocracia y de los distintos Estados para proponer soluciones eficientes y protectoras a todas las clases sociales- para crear una segunda ola y extender sus tentáculos con un discurso marcado por el nacionalismo  excluyente, la xenofobia y la homofobia. Austria con el FPÖ;, los países escandinavos, especialmente Dinamarca; Grecia con el partido neonazi Amanecer Dorado; Francia con el Frente Nacional de Marine Le Pen; Polonia; Hungría con el Gobierno de Orban; Gran Bretaña con el UKIP y el Brexit y ahora Estados Unidos. Corren malos tiempos para esos adivinadores de baratillo que pululan por las televisiones y que se hacen llamar politólogos. Esos que decían que Gran Bretaña no saldría de la Unión Europea. Y para las encuestas y los datos extraídos de ellas puesto que se ha puesto de relieve que lo que la intención de voto no está teniendo correlación con los resultados finales.
Hay que reflexionar también sobre la visión de Europa: Estados Unidos es Nueva York, California y posiblemente Boston pero los analistas parecen desconocer la verdadera dimensión y profundidad del país. Ahora todos se llevan las manos a la cabeza. Pero los indicios estaban ahí: población descontenta, imagen del hombre hecho a sí mismo con ínfulas de mesianismo que iba a destruir la vieja política. Populismo de masas. Existen unas imágenes de Trump atizando de forma fingida a un empresario en un combate de Wrestling. En Europa, ningún gran empresario se prestaría a tal cosa. En Estados Unidos, han nombrado a ese hombre como presidente. Muchas veces se acusa a los propios estadounidenses de ver el mundo a través de su propio prisma nacionalista. Tal vez va siendo hora de asumir que la política y la sociedad de Estados Unidos no pueden analizarse desde un eurocentrismo.
Votos Republicanos vs Demócratas


Su victoria, como he dicho, es la suma de fracasos. Y existe uno que no se debe obviar. Estos ocho años de Barack Obama han sido un paréntesis relativo entre los Gobiernos de Bush y Trump. Relativo porque la sensación que queda es la de alguien cuya principal cualidad ha sido su fotogenia que ha fracasado en los escenarios internacionales (las guerras en Afganistán y en Iraq continúan su curso, la Primavera Árabe ha contribuido a la desestabilización de importantes piezas en el tablero geoestratégico mundial (Libia, Túnez, Egipto y la sangrienta guerra en Siria); y en política interna ha chocado una y otra vez con la resistencia republicana a cargo de una sanidad pública en todo el país, el control de armas y su tibieza a la hora de poner medidas contra la excesiva violencia policial contra ciudadanos de raza negra.
Se hace patente que vivimos años muy convulsos a nivel político, económico y social. La maquinaria del fascismo de cara amable no se va a detener y se hace cada vez más urgente un renacer de las políticas socialdemócratas que consolidaron los Estados de Bienestar para frenar este hecho ascendente. En Estados Unidos –al que se le ha dado muy fácilmente el título de garante del mundo libre- gobierna ahora un personaje peligroso cuya medida estrella era –o es, nadie sabe si hay algo productivo bajo ese tupé- la construcción de un muro que los separe de Méjico. Peligroso porque no su proyecto no tiene apenas ningún matiz constructivo y sólo cuenta con el apoyo de Vladimir Putin.
Se desconoce con certeza si pondrá en marcha alguna de sus medidas –la construcción de ese infame muro, más derechos a portar armas, expulsión de inmigrantes en situación irregular, prohibición del derecho al aborto, menos protección social, recortes impositivos a las clases altas, salida de Estados Unidos de la OTAN y que Europa pague una cantidad justa por su defensa-. Y eso es lo que preocupa al mundo.
La victoria de Trump deja muchos cadáveres políticos: Obama, Clinton –quien también tenía sus numerosos trapos sucios: Bengasi o la discusión sobre si era conveniente mandar un dron que acabara con el fundador de WikiLeaks, Julian Assange, como se puede ver en este enlace aquí  http://truepundit.com/under-intense-pressure-to-silence-wikileaks-secretary-of-state-hillary-clinton-proposed-drone-strike-on-julian-assange/; y los Partidos Demócrata y Republicano provocando al mismo tiempo una profunda brecha social en su país mezclada con miedo e incertidumbre a nivel estadounidense y más allá de sus fronteras.
Sólo ha ganado el ego de Donald Trump.

martes, 1 de noviembre de 2016

GERARD PIQUÉ. UNA DE LAS DOS ESPAÑAS HA DE HELARTE EL CORAZÓN.




En una conversación mantenida hace poco más de un año, hablando de todo y nada, una de las personas comenzó a hablar de fútbol, en concreto de la selección española. Su idea central era que Vicente del Bosque –seleccionador en aquel caluroso verano del 2015- era un “independentista y antiespañol por haber convocado a catalanes como Xavi Hernández, Víctor Valdés, o Piqué”. Llegó incluso a citar a Andrés Iniesta como un catalán más y por lo tanto, a sus ojos era un independentista que no podía jugar en la selección española.
La idea no se sostiene si se aplican argumentos coherentes, pero denota unas visiones sobre el deporte y la política que han ido creciendo en los últimos tiempos. En primer lugar, ser catalán va aparejado a resultar sospechoso de independentista e incluso la ambigüedad no resulta válida. Nos movemos en términos absolutos donde solo vale lo blanco o lo negro. Y consecuentemente esto conlleva a la formación de bandos ideológicos donde las posturas de aproximación resultan inexistentes. Esto es lo que ocurre con el problema del nacionalismo catalán, al que se intenta combatir con más cargas de nacionalismo español. En segundo lugar, estas visiones sobre la compleja realidad de nuestro país han traspasado el ámbito de lo social y lo político para llegar al deporte, cuya politización–y en concreto del fútbol con su pérdida de identidad no nació como sitúa Owen Jones en Inglaterra en el thatcherismo sino que viene de más atrás, en concreto desde que la dictadura fascista de Mussolini se aprovechó de la victoria de Italia en el Mundial de 1938 disputado en Francia para vender las bondades de su régimen. Franco con la Eurocopa de 1960 y Videla en Argentina con el Mundial de 1978 harían otro tanto.
Dado que en la actualidad no participamos en torneos de justas o en duelos a espada o con pistola para resolver las afrentas, el ser humano ha volcado toda su imaginación, su felicidad y frustración en unos millonarios de pantalón corto llamados futbolistas. Ahora, éstos son los nuevos héroes. Llevan sobre sus hombros las esperanzas e ilusiones de una ciudad y de un país. Y, por tanto, no solo se les exige un rendimiento acorde a su talento y a sus características, sino también, en el caso de las selecciones nacionales, un amor y un sentimiento hacia su país. Ni a médicos, jueces, políticos, periodistas, profesores, arquitectos, veterinarios o empresarios se les exige que sientan sus colores a los futbolistas de la selección. Y Piqué, a pesar de que su rendimiento deportivo está fuera de toda duda, no ha manifestado ese ardor guerrero e irracional por la enseña nacional ha sido señalado, pitado e insultado en distintas ciudades, antes, durante y después de los partidos.
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A decir verdad, donde ha mostrado Piqué ese ardor guerrero ha sido en algunas ruedas de prensa y sobre todo en las redes sociales, un lugar bipolar que oscila entre la información y el estercolero. Ha opinado sobre todos los temas, se ha manifestado antimadridista, ha menospreciado a un compañero de selección “Arbeloa y su cono-cido” y se posicionó a favor de un referéndum en Cataluña pero no a una independencia. Otros deportistas, como Marc Gasol también reflexionaron de la misma manera. Manel Estiarte (jugador de la selección española de waterpolo desde 1977 hasta el 2000; 6 veces olímpico y abanderado español en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000) tuvo que soportar insultos en un estado por apoyar una plataforma a favor del deporte catalán. Pero la idea latente era que, a pesar de haber jugador más de quinientos partidos con la selección española de waterpolo, Estiarte era antiespañol. Y punto. Su exitoso pasado no importaba.
Teniendo las condiciones para un perfecto incendio mediático –nacionalismo español y catalán enfrentado, partido de la selección y la afición más calmada con los insultos a Piqué-, hacía falta una chispa inútil y falsa para que se propagase. Y este vino porque un “cráneo privilegiado” advirtió en Twitter que las bocamangas de la camiseta de Piqué no portaban la bandera española. En primer lugar, según el diseño de dicha prenda, los colores son rojo y amarillo; no rojo-amarillo-rojo. En segundo lugar, se podía apreciar que llevaba la camiseta con las mangas cortadas y debajo una camiseta térmica. Las mangas en su versión larga no portan ninguna bandera ni color. Son blancas. Pero a partir de ese momento la bola de inmundicia se fue extendiendo por las redes sociales llegando al extremo de que periódicos y medios de comunicación se hicieron eco lo ocurrido. Lo esperpéntico llegó cuando al finalizar el partido la Federación Española de Fútbol tuvo que emitir un comunicado aclarando lo ocurrido y un periodista mostró las mangas cortadas.
Al poco rato apareció el propio Piqué con todo el ruido mediático resonando desde Albania para decir que se retiraría de la selección tras el Mundial de Rusia de 2018 porque había perdido la motivación. Pero de fondo latía un hastío por todo revuelo generalizado y ser la diana de aquellos que reparten carnets de españolidad entre los futbolistas. Lejos de buscar sosiego y reflexión, los medios de comunicación han ido añadiendo más leña al fuego mediante encuestas sobre si Piqué debía ir con la selección, si debía jugar o incluso se invitaba a la gente a responder si iba a pitarle o no durante el partido. Incluso con el paso de los días, y cuando parecía que el asunto ya había quedado en un segundo plano, llegó la solemne fecha del 12 de octubre. Aprovechando el desfile militar, avezados reporteros de investigación preguntaron a soldados sobre la renuncia de Piqué. Las respuestas –que convergían en una lógica aplastante: si no se sentía español y no manifestaba su orgullo no debía ir, eran manifestadas entre gritos de ¡Viva España y viva la selección! o ¡Viva la Legión!
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Una semana después de esto, el propio jugador ha reafirmado su decisión, haciendo ver que no fue la prensa –con mención a Eduardo Inda como “marioneta de Florentino Pérez”- ni políticos. Pero en el subsuelo del fútbol late (gracias a la utilización de políticos y medios de comunicación) la inmundicia política y del periodismo español que han convertido el problema de los nacionalismos en un “y tú más” cavando profundas trincheras viscerales. Ellos han intentado combatir al nacionalismo catalán con más nacionalismo español y todo aquel que apueste por un apaciguamiento es considerado como un traidor a la patria. Desde luego el problema tiene muy difícil solución puesto que las posturas están muy lejanas a entenderse y una de las armas para luchar contra los nacionalismos como es la cultura está perdida en un cajón, así como atributos como una altura de miras política y social, que parece haberse diluido en nuestros días. Por ello, el fútbol cumple su papel de sujeto político y de vía de escape para frustraciones y reivindicaciones políticas. Y el nacionalismo, tan atrayente como execrable porque es aglutinador y excluyente al mismo tiempo siempre se cobra víctimas. Y Piqué, un usuario muy activo de las redes sociales ha finalizado su carrera en la selección española de una forma muy paradójica. Achicharrado por esos incendios de las redes sociales.

Etiquetas: catalán, España, español, fútbol, nacionalismo, Piqué, política.
                                                                                                                                   

lunes, 24 de octubre de 2016

EL MAL MENOR


Abril de 2002, Francia. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, cuyo candidato más votado fue Jaques Chirac, el líder de extrema derecha, Jean Marie LePen, arrebató la segunda posición, sorprendentemente, al socialista Lionel Jospin, que quedó fuera de la pugna por la presidencia en la segunda vuelta. Los votantes de izquierdas tuvieron que decidir entre dos opciones:
- El mal menor: Votar al candidato de derechas, Chirac, para frenar a LePen.
- El mal mayor: Abstenerse y dejar abierta la posibilidad de que el líder de extrema derecha se hiciese con la presidencia de la República.

La mayoría de los electores socialistas hicieron “de tripas corazón” y fueron a votar a Chirac frente a un peligro real.

Octubre de 2016, España. El Comité Federal del PSOE, el mismo que dos semanas antes tumbó a su secretario general y que dos meses antes votó en bloque por el “NO” a Rajoy, cambia su voto a la abstención. Los promotores de esta medida argumentan que también tienen que elegir entre el mal menor de investir a Rajoy presidente o un mal mayor, ir a terceras elecciones. Poco les ha importado que su militancia se haya mostrado mayoritariamente dispuesta por el “NO”. Más les importará, aunque no lo reconozcan, la oleada de bajas que ya se están produciendo en el partido; por no hablar de los miles de votantes que pueden perder en próximas elecciones. Ese “mal menor” o “mal mayor” no son peligros reales, sino circunstancias creadas por el mismo Partido Socialista o varios de sus barones.

La inactividad desde el 26-J, el coto al que se sometió a Pedro Sánchez para negociar con Podemos una mayoría alternativa y el juego de ajedrez que se ha producido en el seno de la organización, han sido las verdaderas razones de encontrarnos a menos de una semana de la disolución del Parlamento.

El Comité Federal del PSOE no es hoy otra cosa que un cortijo gobernado por la Federación Andaluza con el único objetivo de allanar el camino a la todopoderosa Susana Díaz para recomponer los pedazos rotos del Partido Socialista. Pero, cuando ella llegue (si es que llega), ¿quedará algo que recomponer, o se encontrará con las cenizas de un partido centenario que se ha quemado a lo bonzo?
Muchos son en el PSOE los que temen el desembarco de la “Reina del Sur”. Son sus manera, sus políticas y sus coqueteos con Ciudadanos lo que hacen temblar a los que creen que dirigirá el partido con brazo de hierro y con un totalitarismo que dejará a César Luena (antiguo secretario de organización) como un conciliador.

Venga lo que venga, nadie sabe si en los dos, tres o cuatro años que tenga Rajoy por delante, el Partido Socialista será capaz de volver a hacerse con la hegemonía de la izquierda o estos serán los últimos coletazos de un partido que nació para el pueblo y que murió cuando se olvidó de él.

                                                                                                                                     Imperator Caesar Cerverius

domingo, 9 de octubre de 2016

CÉSAR (PARTE II): EL MILITAR



Y César marchó a las Galias. Con un mandato de cinco años y con sus aliados políticos, Craso y Pompeyo, cuidando de sus intereses en Roma, pudo despreocuparse y centrarse en gobernar sus provincias.

Por supuesto, César no se limitó a administrar las regiones bajo su mando, sino que buscó el medio de guerrear contra las tribus vecinas.

Dos eran las razones de César para hacer la guerra: buscar la gloria militar y obtener un suculento botín con el que pagar sus enormes deudas.

El movimiento migratorio del pueblo helvecio, que pretendía instalarse al oeste de la Galia, le brindó a César el casus belli perfecto para plantar batalla. Con la excusa de que se acercaban demasiado a territorio romano y ponía en riesgo su seguridad, César luchó y venció.

Tras esta campaña, se sucedieron otras batallas contra diferentes tribus galas a lo largo de sus cinco años de gobierno.

César aprovechó las rencillas entre tribus y venció uno a uno a sus enemigos. Aunque también aplicó la diplomacia y buscó la alianza con otros pueblos.

Con más legiones de las autorizadas por el Senado, César pagó de su propio bolsillo el número de soldados que él creyó necesarios para llevar a cabo sus campañas.

En su periplo por la Galia, el ejército de César llegó hasta Germania (sin intención de invadirla) e incluso cruzó el Canal de la Mancha hasta Britania. Para conseguir esta proeza, no tuvo sino que pasar por un sinfín de dificultades, ya que las bravas aguas atlánticas distaban mucho de las mediterráneas.

Las noticias de las victorias de César pronto llegaron a Roma, haciéndole muy popular entre el pueblo. Pompeyo temió verse eclipsado por su aliado. Alentado por los optimates (el sector más conservador del Senado), empezó a recelar de él. Ésto, unido a la mala relación entre Craso y Pompeyo, hizo que la alianza política de los tres se tambalease.

César convocó una reunión en Lucca para renovar sus lazos de amistad. De esta reunión salieron dos acuerdos:
1) - El mandato de César sería renovado por otros cinco años.
2) - Pompeyo y Craso se presentarían conjuntamente al consulado el siguiente año.

A su vuelta a la Galia, César comenzó a encontrarse con problemas. Un caudillo galo llamado Vercingetorix había conseguido unir a varias tribus y prometía presentar batalla.
Esa guerra fue larga y dura, aunque César terminó venciendo en el sitio de Alesia, donde Vercingetorix fue capturado y el ejército galo disuelto. Toda la Galia se encontraba bajo control romano.

Por su parte, Craso y Pompeyo habían sido elegidos cónsules y, tras su año de gobierno, se repartieron las provincias de Hispania para Pompeyo (que administró desde Roma a través de legados) y Siria para Craso.

A Marco Licinio Craso, considerado el hombre más rico de Roma, le faltaba un Triunfo para bordar su carrera militar. Había llevado con éxito, años antes, la campaña contra Espartaco pero, al tratarse de una guerra contra esclavos, se le había privado del añorado Triunfo, la máxima distinción que todo general romano aspiraba a conseguir. Por esta razón se lanzó a una guerra suicida contra el Imperio Parto y encontró su muerte en la batalla de Carrhae. De este incidente proviene el famoso dicho "craso error". Error por partir a toda prisa a su provincia (ni siquiera acabó en Roma su año como cónsul), error por montar una campaña sin apenas planificación, y error por iniciar una guerra contra una nación sin provocación alguna.

Julia, hija de César y esposa de Pompeyo, falleció intentando dar a luz a su único hijo. Los últimos lazos de la alianza política entre César, Craso y Pompeyo se habían roto.

El Senado, en connivencia con Pompeyo, exigió a César que renunciase a sus legiones y volviese a Roma para enfrentarse a una acusación por guerra ilegal.

César intentó presentarse al consulado in absentia (sin entrar en la ciudad), pero no se le permitió. Intentó negociar quedarse un año más como gobernador de Iliria, con una sola legión a su mando, para mantener su inmunidad jurídica, e incluso propuso renunciar a todas sus legiones con la condición de que Pompeyo también lo hiciese. Todo fue desestimado por parte del Senado, que pretendía declararle enemigo público.

Cesar se sintió arrinconado y, como la bestia que era, fue lo más peligroso que pudieron hacerle. Pero eso da para otro artículo.

Terminará...

                                                                                                                     Imperator Caesar Cerverius








Bibliografía:
MCCULLOUGH, C. (1990-2007). Serie - Masters of Rome.

PINA POLO, F. (1999). La Crisis de la República (133-44 a.C.)

jueves, 6 de octubre de 2016

MARIONETA ROTA


En la antigua República de Roma, antes incluso de Sila, Mario o César, existía un sentimiento entre la población, ya fuera entre las élites o entre el pueblo llano, que era “lo primero es Roma”. Lejos de intereses personales egoístas, existía ese sentimiento patriótico que les hacía ver que ellos eran meros ciudadanos de una cosa mucho más grande. Esto les hacía alistarse en las levas cuando se producía un reclutamiento, jurar una ley aunque no estuviesen de acuerdo con ella o servir a un general aunque no sintieran simpatía por él. El motivo principal era siempre el mismo: ROMA.
Con la Tardorrepública llegaron los intereses personales. Generales que ponían por delante su carrera al interés del Estado, senadores que se movían por motivos egoístas en vez de mirar por el bien de la República, etc. Algo así es lo que sucedió con el PSOE.
Hubo un tiempo en el que el Partido Socialista se movía por sus ideas, las defendía a ultranza, conectaba con la ciudadanía y, cuando no lo conseguía y los resultados electorales le eran adversos, el líder, que es el responsable último, dimitía.
Como un equipo de fútbol que no puede despedir a toda su plantilla se desprende de su entrenador, el secretario general presentaba su renuncia, sin que nadie se lo pidiese. Un mero hecho de responsabilidad política. Pero hace mucho que eso se perdió.
En el devenir histórico del PSOE se cruzó una joven andaluza con una ambición descontrolada y ningún éxito electoral en su haber. Aun a pesar de estos hándicap, todo el partido la consideraba como el futuro del socialismo español. Pero, en ese destino que ella esperaba asumir por aclamación del partido, se interpuso Eduardo Madina. El vasco, con más de diez años como diputado nacional, varios de ellos como secretario general del grupo parlamentario, y favorito de Zapatero para el puesto durante mucho tiempo, no sólo se presentó a las primarias para dirigir el PSOE, sino que exigió que se realizasen a través del sistema “un militante, un voto”, en contraste con el sistema de compromisarios utilizado hasta el momento.
La andaluza, aun habiendo llegado a la presidencia de su comunidad autónoma (no por victoria electoral, sino por sucesión del anterior dirigente), temió una derrota que pondría punto y final a sus aspiraciones de presidir algún día la nación. Por eso se decantó por elegir a un campeón al que apoyar y que le mantuviese el sillón de la secretaría general hasta que llegase su momento.
Pese al sistema de voto directo, el aparato influenció lo suficiente a los militantes en cada región como para que un desconocido sin apenas experiencia, como Pedro Sánchez, favorito de Susana Díaz, tumbase a Madina.
Los primeros pasos de Sánchez no fueron sino dirigidos, como si de una marioneta se tratase desde más allá de Despeñaperros por la “reina del sur”. Pero, poco a poco, el madrileño fue cortando las cuerdas que le convertían en títere y fue actuando de forma independiente. Él tenía sus propios intereses personales y, aun con la sangría de votos que estaba trayendo al partido elección tras elección, se aferraba al cargo y no pensaba en abandonarlo.
Fue entonces cuando se produjo el golpe. La todopoderosa dirigente de San Telmo tiró de sus hilos y la mayoría de los barones territoriales se alinearon con ella. Se produjo una dimisión en masa de la ejecutiva con la intención de llevarse al secretario general por delante, pero él siguió aferrado al cargo.
Hizo falta un comité federal (máximo órgano entre congresos con unos 250 dirigentes de todo el estado, entre los que se encuentran diputados, barones, exsecretarios y dirigentes de toda la índole) para solucionar el asunto. Tras más de doce horas a cara de perro, discusiones, conversaciones acaloradas, vuelo de cuchillos y un espectáculo bochornoso que pudo ver todo el país, lograron deponer a Pedro Sánchez, formar una gestora que dirigiese el partido hasta el próximo congreso federal y evidenciaron una total sensación de partido roto.
Con unas posibles elecciones a la vuelta de la esquina, ¿qué votante en su sano juicio confiará su papeleta a unos personajes que no pueden ni gobernar su propio partido? Quizá esta guerra civil fratricida les costase mucho más que un secretario general. Al fin y al cabo, otro fracaso electoral no parece un castigo excesivo para los que se atrevieron a jugar al “juego de tronos” con un partido centenario, con una ideología política y con el destino de toda una nación.

Imperator Caesar Cerverius

viernes, 23 de septiembre de 2016

FRAUDE ELECTORAL

Fraude electoral: Dícese de la intervención deliberada en un proceso electoral con el propósito de impedir, anular o modificar los resultados reales.
Pero vayamos más allá. ¿Es fraude electoral hacer promesas que los partidos saben que no van a poder cumplir? ¿Es fraude electoral gobernar desde el día uno de forma opuesta a como has pregonado? ¿Es fraude electoral esperar a que pasen unas elecciones para llevar a cabo acciones que sabes que van a irritar a tus votantes?
Esto último es lo que está ocurriendo en el panorama político español. La formación de gobierno está paralizada a la espera de que pasen las elecciones vascas y gallegas del 25 de Septiembre.
El Partido Popular no propone nada, el Partido Socialista no se atreve a hacer ningún movimiento y el Partido Nacionalista Vasco no quiere jugarse ni un puñado de votos comprometiéndose a apoyar a uno o a otro. ¡No fuera a ser que los electores votaran con toda la información, claro!
Lo que en la democracia española se ve con total normalidad no deja de ser un fraude, un engaño, una chanza a los votantes, a los que se les ocultan las verdaderas intenciones.
"Ya, dentro de unos años, será otra cosa. Seguramente se les haya olvidado." Suelen pensar los dirigentes políticos.
Y es que, en España, se vota con el estómago en vez de con la cabeza.
Ni el mejor demoscópico puede predecir cómo se comportará el censo electoral frente a una propuesta nueva.
La guerra de Irak, el Prestige, la corrupción, los GAL... Todo eso se olvida cuando te acercas a la urna. Normalmente la cosa se decide entre "este me gusta" y "los demás son unos sinvergüenzas".
No valoramos la gestión. Nos dejamos llevar por los sentimientos.
Un alcalde puede haber hecho progresar a la ciudad, reducir la deuda y mejorar la vida de los ciudadanos que, como sea del partido que hay que desalojar del Gobierno Central, no tiene nada que hacer.
Sentimos los colores. Si la corrupción viene de tu partido, se mira para otro lado, se minimiza la crítica o, como último recurso, se tira del habitual y socorrido "lo hacen en todos los partidos".
Somos así. Siempre ha sido así y no tiene pinta de cambiar. De forma que, en las próximas elecciones, no les pido que se lean el programa del partido al que vayan a votar. Limítense, al menos, a mirar a los ojos a su candidato y, haciendo un breve repaso a su vida política, determinen si se fían de él.

Imperator Caesar Cerverius

sábado, 10 de septiembre de 2016

CUANDO TODOS QUIEREN TERCERAS ELECCIONES

Un horror, una vergüenza, un despropósito… Esa es la repuesta de la ciudadanía cuando se le pregunta por unas posibles terceras elecciones.
Un sinsentido, un error, algo que hay que evitar por todos los medios… Estas son las aformaciones de los políticos que claman, una y otra vez, sobre el mismo tema. Pero, en realidad, en su fuero interno, esperan con fervor que se produzcan.
El Partido Popular salió reforzado de la repetición electoral del 26-J. Aun así, la suma de escaños con fuerzas afines no le es suficiente para investir a Mariano Rajoy. El cambio de candidato acercaría posturas a otros grupos y facilitaría una investidura “popular”, eso sí, sin Rajoy. Pero el partido de la gaviota prefiere lanzarse a una tercera cita electoral, en la que espera aumentar su representación, antes que apartar a su líder.
Pedro Sánchez, como el apóstol, negó tres veces: No a Rajoy, no a terceras elecciones y no a postularse como candidato. A él sólo le interesa seguir siendo Secretario General del PSOE y, si para ello hay que volver a las urnas, bienvenido sea. Aunque esto lleve al Partido Socialista a una tercera debacle consecutiva.
Pablo Iglesias, el desaparecido, tiene poco que decir. Nadie dudaba de su “No” a Rajoy y varias veces se ha mostrado a favor de un pacto de Izquierdas. El anhelo de “sorpasso” al PSOE sigue muy latente en él, y preferiría de lejos unas terceras elecciones a ver a un “popular” de presidente.
Albert Rivera: El hombre que le dice a todos lo que deben hacer y que se enrabieta cuando no le hacen caso. El que hace las cosas por España, no por su partido. El “hombre-estado”. El líder de ciudadanos intentó un pacto con Rajoy (aunque lo había negado mil y una veces) pero no consiguió investirle. Rivera abjura de cualquier cosa que huela a morado a cien kilómetros de distancia. Aun en el improbable caso de que PSOE y Podemos se entendieran y buscaran una mayoría alternativa, ciudadanos preferiría entregarse a unas terceras elecciones antes que facilitar ese gobierno.
Lo mejor de todo es que las encuestas avanzan (de nuevo) que otras elecciones no variarían demasiado el espectro político del Parlamento, así que ¿por qué no unas cuartas o quintas elecciones?
De esta forma, al final, como en un concurso de baile por resistencia, no ganará el que mejor dance, sino el que menos se cansen sus votantes.
Imperator Caesar Cerverius