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domingo, 18 de junio de 2017

PERDER PARA GANAR


Un país en crisis, un gobierno inoperante, un partido asolado por los casos de corrupción y un presidente que no reacciona, pero que tiene una mayoría en el Congreso de los Diputados que le permite seguir con su inactividad. Frente a todo esto, un líder político que, aun sabiendo que no le dan los números y que su propuesta va a fracasar, decide decir basta. Ese es el sentido de la moción de censura planteada por Pablo Iglesias. Condenada al fracaso antes, incluso, de presentarse.
El Partido Popular sigue con su estrategia de indiferencia, como si todos los casos de corrupción que salpica a sus dirigentes no fuese con ellos.
Ciudadanos hace mucho tiempo que demostró que aquello del cambio político y echar a los corruptos de las instituciones lo decían con la boca pequeña. Han apoyado incondicionalmente al Partido Popular sin importarle el nido de corruptos en que se ha convertido.
El Partido Socialista lleva meses con sus luchas internas y no ha estado a la altura como principal partido de la oposición. Con su abstención, permitió a Rajoy ser investido presidente, de forma que ellos mismos han sido parte del problema.
Por último, los partidos nacionalistas. Los catalanes sólo tienen una cosa en mente: el referéndum. No hay quien los saque de ese callejón sin salida y poco o nada quieren saber de otros temas. Los vascos y canarios venden su voto por una partida presupuestaria. "Con perras, chufletes", que suele decirse. De esta forma, el gobierno también puede tener esos escaños controlados a golpe de talonario.
Con este panorama, Podemos ha decidido dar un golpe de efecto. Con su moción de censura repite aquello que ya dijo Unamuno: "venceréis, pero no convenceréis". Le dice a la sociedad que ellos no forman parte de ese juego sucio y no se resignan a estar cuatro años haciendo el paripé en el Parlamento. Acosarán al gobierno hasta derribarlo o hasta que, desde su interior, se tomen medidas con los corruptos. Guardar silencio, como hacen otros partidos, es una forma de permitir sus prácticas. De comulgar con ellos. Y eso no es algo a lo que el partido de Pablo Iglesias esté dispuesto.
Ésta ha sido la tercera moción de censura de la democracia. Las otras dos también fracasaron. Una del Partido Socialista a Adolfo Suárez y otra de Alianza Popular a Felipe González. Como la de Podemos, las otras también nacieron ya muertas, pero ambas tenían un objetivo: hacerse ver en el parlamento como alternativa de gobierno.
Lo que en esta ocasión ha sido una derrota, puede convertirse en victoria si Podemos y el PSOE deciden caminar juntos para poner fin al gobierno corrupto del PP.
Soplan nuevos vientos para la socialdemocracia con la victoria de Pedro Sánchez y, quizá, el reloj que mide el tiempo que le queda a Mariano Rajoy en La Moncloa se esté quedando sin arena.
Pablo Iglesias no ha conseguido ser presidente. Puede que nunca lo sea. Lo que no puede negársele es que ha traído la renovación a la anquilosada democracia española y no parece tener intención de parar esa renovación hasta que ésta llegue a todos los estratos institucionales del país.

Imperator Caesar Cerverius

viernes, 17 de febrero de 2017

PODEMOS PERDONAR


Caín y Abel, Rómulo y Remo, Seth y Osiris... Hermanos, todos ellos. Hermanos que, seguramente, en algún momento se amaron pero que, finalmente, acabaron con uno muerto y el otro con las manos manchadas de sangre.
Pablo Iglesias e Íñigo Errejón son otros que, si bien no son hermanos de sangre, desde que se conocieron en la Universidad Complutense de Madrid han llevado su relación de amistad hasta el punto de poder considerarse como tal. Juntos estudiaron Ciencias Políticas, soñaron con arreglar el país, se manifestaron en el 15-M, crearon un proyecto político, un movimiento, un partido, se presentaron a las elecciones, consiguieron magníficos resultados y, como algunas parejas, cuando se acabaron los desafíos que tenían por delante, surgieron los problemas.
Habían pasado por unas elecciones europeas en las que irrumpieron en el panorama político por sorpresa; habían conquistado unas elecciones autonómicas y municipales en las que se hicieron con las alcaldías de varias de las ciudades más importantes de España y en las que se convieron en soporte de varios gobiernos autonómicos de izquierdas; habían pasado por, no una, sino dos elecciones generales en las que llegaron al parlamento como tercera fuerza política y con capacidad para influir en muchas de las medidas que se iban a tomar en el futuro. Pero ahora quedaba por delante toda una legislatura del Partido Popular sin elecciones a la vista. Las lealtades inquebrantables y  el "hombro con hombro" llegaban hasta ahí. Las diferencias tenían que ponerse sobre la mesa en el próximo congreso, llamado Vistalegre II, que estaba por celebrarse. Fue entonces cuando Iñigo dio el salto. No es que quisiera disputarle el liderazgo a Pablo, ni mucho menos. Él sabía que Iglesias seguía siendo necesario en el partido y que Podemos seguía siendo muy dependiente de él. Por ello, Iñigo intentó convivir con Pablo, pero maniatándole. Sus propuestas pasaban por recortar los poderes del secretario general, depender más del Consejo Ciudadano, limitar las alianzas con otras fuerzas políticas (llámese Izquierda Unida) y moderar el discurso para volver a la "transversalidad". Vamos, lo que siempre defendió, más alto o más bajo. Desde luego, nadie puede llamar a Errejón "traidor" o acusarle de plantear ideas distintas a las del pasado.
De los dos, Iñigo siempre fue el político. Él hipnotizaba al público en los mítines. La fluidez de su diálogo, la claridad de sus ideas y la capacidad de realizar un discurso intenso, sin decir una palabra más alta que la otra, emocionaba a todo aquel que le escuchase.
Después llegaba Pablo, el "showman". Sus gritos y gesticulaciones hacían que pronto su coleta ya no estuviera sujeta y firme, sino con pelos por delante de la cara y empapando las visibles muestras de sudor. Sus numeritos cantando "coleta morada", hablándole a un tronco y poniendo a los dirigentes del Partido Popular de zombies y vampiros evocaban lo primitivo del espectador, haciendo aflorar la risa y el aplauso fácil y convirtiéndoles en hooligans.
Pablo e Iñigo fueron compañeros, amigos, hermanos, pero eso no se contradice con defender modelos de partido diferentes.
Pablo es más de unir a toda la izquierda y mantener constantemente un discurso duro y machacón. Iñigo es más de "transversalidad". Nada de izquierdas y derechas, sino de arriba y abajo. Rehuye etiquetas y busca un discurso moderado con el que poder pactar y aplicar la fuerza parlamentaria de Podemos para conseguir cosas desde el minuto uno.
Con la mayoría de los más de 155.000 votantes, Podemos se ha decantado por seguir las tesis de Iglesias, de manera que el partido morado seguirá siendo el del puño en alto, el grito y la sobreactuación, pero también el de la identidad de izquierdas, el de la alianza con otros partidos con objeto de sumar todos los votantes posibles y el del acoso constante a la vieja política.
Ahora sólo queda saber qué ocurrirá con los perdedores. En cualquier otro partido serían borrados del mapa de inmediato. Pero Podemos llegó a la escena política con promesas de hacer las cosas diferentes. El partido no puede permitirse perder a una persona tan válida como Iñigo Errejón. Pablo Iglesias será inteligente si opta por la magnanimidad e integra en su círculo tanto a Errejón como a la otra corriente minoritaria, la de los anticapitalistas de Miguel Urbán. Con este perdón y este abrazo, Pablo Iglesias no sólo demostrará ser un buen secretario general, sino también un buen amigo.

Imperator Caesar Cerverius

lunes, 24 de octubre de 2016

EL MAL MENOR


Abril de 2002, Francia. En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, cuyo candidato más votado fue Jaques Chirac, el líder de extrema derecha, Jean Marie LePen, arrebató la segunda posición, sorprendentemente, al socialista Lionel Jospin, que quedó fuera de la pugna por la presidencia en la segunda vuelta. Los votantes de izquierdas tuvieron que decidir entre dos opciones:
- El mal menor: Votar al candidato de derechas, Chirac, para frenar a LePen.
- El mal mayor: Abstenerse y dejar abierta la posibilidad de que el líder de extrema derecha se hiciese con la presidencia de la República.

La mayoría de los electores socialistas hicieron “de tripas corazón” y fueron a votar a Chirac frente a un peligro real.

Octubre de 2016, España. El Comité Federal del PSOE, el mismo que dos semanas antes tumbó a su secretario general y que dos meses antes votó en bloque por el “NO” a Rajoy, cambia su voto a la abstención. Los promotores de esta medida argumentan que también tienen que elegir entre el mal menor de investir a Rajoy presidente o un mal mayor, ir a terceras elecciones. Poco les ha importado que su militancia se haya mostrado mayoritariamente dispuesta por el “NO”. Más les importará, aunque no lo reconozcan, la oleada de bajas que ya se están produciendo en el partido; por no hablar de los miles de votantes que pueden perder en próximas elecciones. Ese “mal menor” o “mal mayor” no son peligros reales, sino circunstancias creadas por el mismo Partido Socialista o varios de sus barones.

La inactividad desde el 26-J, el coto al que se sometió a Pedro Sánchez para negociar con Podemos una mayoría alternativa y el juego de ajedrez que se ha producido en el seno de la organización, han sido las verdaderas razones de encontrarnos a menos de una semana de la disolución del Parlamento.

El Comité Federal del PSOE no es hoy otra cosa que un cortijo gobernado por la Federación Andaluza con el único objetivo de allanar el camino a la todopoderosa Susana Díaz para recomponer los pedazos rotos del Partido Socialista. Pero, cuando ella llegue (si es que llega), ¿quedará algo que recomponer, o se encontrará con las cenizas de un partido centenario que se ha quemado a lo bonzo?
Muchos son en el PSOE los que temen el desembarco de la “Reina del Sur”. Son sus manera, sus políticas y sus coqueteos con Ciudadanos lo que hacen temblar a los que creen que dirigirá el partido con brazo de hierro y con un totalitarismo que dejará a César Luena (antiguo secretario de organización) como un conciliador.

Venga lo que venga, nadie sabe si en los dos, tres o cuatro años que tenga Rajoy por delante, el Partido Socialista será capaz de volver a hacerse con la hegemonía de la izquierda o estos serán los últimos coletazos de un partido que nació para el pueblo y que murió cuando se olvidó de él.

                                                                                                                                     Imperator Caesar Cerverius

miércoles, 29 de junio de 2016

LA NOCHE DE LOS PERDEDORES


Si la noche del 20-D se mostró como la noche de los ganadores, donde cada candidato se mostró feliz y contento con los resultados obtenidos, la noche del 26-J ha terminado siendo la de los perdedores. Caras largas, ninguna sonrisa e, incluso, alguna lágrima, fueron las fotografías de una velada que arrancó muy diferente al cobijo de unas encuestas que resultaron ser más ficción que realidad.
En el 20-D, Ciudadanos irrumpió en el Congreso con 40 diputados. Si bien las predicciones le auguraban un éxito mayor, los de Rivera pudieron sentirse orgullosos con la representación alcanzada. Este 26-J, sin embargo, la formación naranja se ha dejado 8 escaños por el camino, teniéndose que contentar con 32 diputados. La ley electoral se ha cebado con el partido de Albert Rivera y, seguramente, será uno de los puntos más importantes a tratar en cualquier acuerdo que se quiera alcanzar con ellos.
Podemos, que el 20-D consiguió un magnífico resultado con 69 representantes, creyó ver, en su alianza con Izquierda Unida, la forma de rebasar al PSOE y hacerse con la hegemonía de la izquierda. El bofetón de realidad ha sido mayúsculo al ver que, a medida que avanzaba el escrutinio, los datos de las encuestas se revelaban como falsos y, lejos de producirse el anunciado “sorpasso” al Partido Socialista, los de Iglesias tenían que conformarse con mantener los 71 escaños que en el 20-D habían conseguido las dos formaciones por separado (Podemos + IU).
El Partido Socialista logró el 20 de Diciembre los peores resultados de su historia. Los 90 diputados que consiguió el partido de la rosa eran un fondo que este 26-J se ha mostrado que aún podía seguir bajando. No obstante, el reparto parlamentario y la baja representación del PP, hizo a Pedro Sánchez soñar, aquella noche de 2015, con alcanzar La Moncloa. Los barones de su partido, la negativa de Iglesias a apoyarle gratuitamente y un insuficiente pacto con Ciudadanos, lo impidió. Este 26-J, la representación socialista ha bajado a 85 escaños, batiendo un nuevo record y viendo cómo los sueños presidenciales de Sánchez se esfumaban.
En el país de los ciegos, el tuerto es el rey y, en este país, salvando las distancias con Felipe VI, el rey es Mariano Rajoy. Si en el 20-D el Partido Popular perdió la mayoría absoluta, pero pudo contentarse con ganar las elecciones, en este 26-J ha visto cómo su grupo parlamentario en el congreso iba a crecer hasta los 137 diputados. Las posibilidades de formar gobierno para Mariano Rajoy aumentan enormemente en comparación con el 20 de Diciembre, pero tampoco va a ser coser y cantar. Sumando los 137 escaños populares a los 32 de Ciudadanos y a los 5 del PNV y 1 de Coalición Canaria, se obtiene una suma de 175 diputados, a 1 de la mayoría absoluta. PSOE y Podemos ya han manifestado su intención de no votar a favor de la investidura de Rajoy y el resto de fuerzas nacionalistas en el Congreso (ERC, CDC y EH Bildu) tampoco están por la labor.
El Partido Popular puede mostrarse contento. Rompiendo todas las encuetas, ha conseguido incrementar en 14 escaños su representación. Los diversos casos de corrupción, papeles de Panamá, escandalos de Aquamed o las grabaciones del ministro Jorge Fernández Díaz no han pasado factura al partido de la gaviota. Haciendo una campaña cercana al ciudadano y mostrándose en todo momento con una imagen presidencial, Mariano Rajoy ha conseguido ganar las elecciones, aumentar a 52 escaños la diferencia con el segundo y dejar a tiro de piedra la investidura. Dejando de lado los cálculos de mayoría absoluta, el domingo era el único que tenía algo que celebrar.
Ahora les tocará a los partidos perdedores hacer autocrítica y analizar las causas de su pérdida de votos.
¿Qué ha hecho mal Podemos para dejarse 1,2 millones de votos por el camino? El tono tibio de campaña, la alianza con Izquierda Unida y los ataques recibidos por Venezuela son algunas de las posibles causas.
¿Por qué el Partido Socialista no consigue cerrar su sangría de votos? Quizá la gente ha dejado de considerarles un partido de izquierdas después de sus últimas políticas. Quizá el candidato elegido no es del agrado del votante. Quizá su pacto con Ciudadanos ha irritado a sus correligionarios.
¿Y Ciudadanos? ¿Que sentido tiene subir como la espuma para luego desinflarse como un suflé? Su alianza con Sánchez, el voto útil contra Podemos captado por el PP o el desencanto de la gente con Rivera pueden ser algunos de los motivos de su bajada.
Una cosa está clara. De derechas o de izquierdas, nueva o vieja política, todos los candidatos descartan unas terceras elecciones. Esperemos que, al menos en esto, cumplan su promesa.

Imperator Caesar Cerverius

jueves, 23 de junio de 2016

PATÉ DE CAMPAÑA


Los días están contados para la cita electoral del 26-J. Aunque en lo estricto ha habido dos semanas de campaña, en la realidad los partidos llevan desde el 20-D dando caña y difundiendo sus programas, marcando sus líneas rojas, tomando posiciones... Pero, de hecho, ¿tanto ha cambiado el panorama político desde el pasado 20 de diciembre para que los españoles cambien su voto? Repasemos las situaciones:

El Partido Popular, ganador de las pasadas elecciones, declinó presentarse a la investidura por falta de apoyos. Frente a las voces (incluso internas) que promovían un cambio de candidato, Mariano Rajoy sigue siendo el cabeza de lista. El discurso es el mismo de siempre: No ha habido recortes, lo hecho ha sido por obligación de la Unión Europea, y ya hemos empezado a salir de la crisis. El único cambio, a parte del himno del partido a ritmo de merengue, es la cercanía mostrada por el presidente; acudiendo a algún programa de televisión y accediendo al debate a cuatro.

El PSOE se ha dedicado a hacer la campaña del mártir. Pedro Sánchez se siente herido con Pablo Iglesias por no haberle apoyado en la investidura, así que se ha dedicado a repetir el mantra de la pinza PP-Podemos. El Partido Socialista ha llegado a centrar sus ataques en Iglesias, olvidando a Rajoy, y manteniendo con Rivera un pacto de no agresión. A parte del video en el que se ve a Pedro Sánchez limpiándose la mano después de saludar a unas personas de color, el líder socialista ha pasado sin pena ni gloria por la campaña.

Podemos se ha dedicado a hacer lo que mejor sabe: comunicar. Desde un programa original que recuerda al catálogo de IKEA, hasta las apariciones televisivas y los mítines multitudinarios, la formación morada ha ido creciendo jornada a jornada. Además, su pacto con Izquierda Unida les garantiza anexionarse alrededor de un millón de posibles votantes y que varios escaños que cayeron de un lado en el 20-D, caigan del otro en el 26-J.

Ciudadanos ha utilizado la circunscripción exterior de Venezuela para hacer campaña. Las circunstancias en el país sudamericano y la política de su presidente, Nicolás Maduro, has sido acicate de Albert Rivera contra Podemos. El mismo Rivera viajó a Venezuela, por su cuenta y riesgo, contraviniendo las recomendaciones del Gobierno Español y del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, que estaba realizando labores negociadoras entre la Administración de Maduro y la oposición venezolana. Rodeado de una “troupe” de periodistas, Rivera fue, se fotografió y volvió. A parte de Venezuela, de poco más se ha hablado desde la formación naranja.

En esta campaña fuimos testigos del primer debate a cuatro autentico entre candidatos (o sea, sin Soraya, que es muy auténtica, pero como vicepresidenta). Poco nos despejó dicho debate. Cuatro monólogos, algunos ataques y posiciones muy medidas. Pecado imperdonable fue el de dedicar unos cuarenta segundos cada candidato a hablar de violencia de género (y porque fueron preguntados ex profeso por uno de los moderadores) antes de volver a lanzarse los trastos a la cabeza.

En definitiva: Dos semanas (o siete meses, según se mire) en las que los partidos no han ofrecido nada nuevo. Nada que base al elector a cambiar su sentido del voto. Una campaña en la que lo único que se buscaba del votante era que se tragase el teatro. Que se tragase el programa. Que se tragase los ideales que les ofrecían los partidos políticos. Que se tragasen las promesas que les hacían los candidatos. Todo de un bocado y sin masticar. Como el que se traga un canapé de paté. Un paté de campaña.


                                                                                                                     Imperator Caesar Cerverius

martes, 14 de junio de 2016

DESMONTANDO EL DEB4TE


Cuatro contendientes, tres moderadores, cuatro árbitros profesionales para controlar los tiempos, quinientas personas trabajando durante días para organizar la noche, tres grupos de comunicación, miles de esperanzas depositadas en el primer debate a cuatro de la democracia entre candidatos... Resultado: decepción y aburrimiento.
Vayamos por partes. Cuatro contendientes: Mariano Rajoy, presidente en funciones desde hace ya no se sabe cuánto, y tres aspirantes, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera.
Rajoy; del que se esperaba tan poco que, al mantenerse en pie, se dio por buena su actuación. Estamos tan acostumbrados a sus caras de duda y a sus balbuceos cuando una pregunta le pilla a contrapié, que ya no los tenemos en cuenta ni los tomamos como muestra de flaqueza. A excepción del apartado de corrupción, donde no pudo defender lo indefendible, aguantó el envite.
Pablo Iglesias, que se maneja en estas lides como pez en el agua, salió a mantener su segundo puesto en las encuestas al 26-J. Comedido, sin levantar la voz y sin interrumpir a sus contrincantes, se impuso a sí mismo un tono sobrio en el que intentó defender su programa. La mayoría de las encuestas le dan como vencedor del debate.
Albert Rivera, más relajado que en el anterior debate a cuatro de las anteriores elecciones, atacó a diestra y siniestra al PP y a Podemos y mantuvo un pacto de no agresión con el PSOE. Puso a Rajoy contra las cuerdas en alguna ocasión pero no llegó a rozar a Iglesias.
Y finalmente, Pedro Sánchez, que creyó que por sentarle bien el traje y gustarle a la cámara, lo tenía todo hecho. No convenció, no propuso y no se salió de su papel de presidente con investidura fallida.
Hablemos de los tres moderadores: Ana Blanco, Pedro Piqueras y Vicente Vallés. Profesionales como la copa de un pino, pero que en vez de sumar, restaron. Con falta de coordinación y frases entre ellos con el micrófono abierto, solamente Vicente Vallés (representante de ATRESMEDIA) supo inocular algo de dinamismo al debate.
Quinientas personas trabajaron conjuntamente para organizar un encuentro en la Academia de la Televisión que resultó en exceso encorsetado, abusó del ambiente solemne y privó a los espectadores de las réplicas, las interpelaciones y las discusiones. O sea, lo que viene a ser un debate.
La noche del pasado lunes 13-J vimos una serie de monólogos seguidos de unas breves respuestas "por alusiones" en donde el espíritu se desvirtuó y ningún mensaje pudo calar completamente.
Pudimos ver a un Pedro Sánchez, despechado con Iglesias, que todavía no consigue entender por qué no es presidente. Más de ocho veces echó en cara el socialista al podemita la "pinza" que supuestamente creó con el Partido Popular para privarle de la investidura.
Rivera fue otro que también atacó a Iglesias, enarbolando argumentos como que Podemos quiere sacar a España del Euro, la financiación desconocida de la formación morada o la verdadera ideología de su líder.
Pablo Iglesias, lejos de defenderse con uñas y dientes ante los ataques, se limitó a negar con la cabeza y esperar pacientemente su turno de palabra para desmontar, uno por uno, todos los argumentos de Rivera.
En definitiva, cuatro líderes que poco o nada convencieron a los indecisos y que se limitaron a hablar para sus correligionarios. Un debate que perdió sin duda Pedro Sánchez, que no lanzó ni una propuesta y se limitó a mostrar su indignación por su mala suerte con Podemos y a defender medidas ya adoptadas por el PSOE. Un debate que mejoró la imagen de Rajoy, al aceptar sumarse al juego y enfrentarse con el resto de candidatos, y que supo vestirse con una pose institucional que le mantuvo a salvo. Un debate que acercó bastante a Rivera y a Iglesias como vencedores. El uno por incisivo y el otro por buen comunicador, pero que, en mi opinión, ninguno mereció el premio; el uno por vacío de contenidos y el otro por falta de garra.
Paradójicamente, de los tres debates que se han realizado en campaña (el de mujeres, el económico y el de candidatos), ha sido éste, aun siendo el más esperado y preparado, el más insulso. Y es que para este viaje no hacían falta tantas alforjas.

Imperator Caesar Cerverius