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martes, 24 de enero de 2017

DE ROJO Y NEGRO

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Hace cuarenta años exactos, España afrontaba un periodo agitado y lleno de incertidumbres como fue el periodo de la Transición. Pero dentro de ella, la semana que transcurrió entre el 23 y el 30 de enero de 1977 fue sin duda la más convulsa, teñida de rojo sangre y de un negro de miedo que envolvió Madrid.
Las bandas terroristas ETA y el GRAPO continuaban con su escalada de la violencia –éstos últimos habían secuestrado en el mes de diciembre de 1976 al Presidente del Consejo de Estado Antonio María de Oriol y en enero de 1977 hicieron lo mismo con el Presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, Emilio Villaescusa. Además, de fondo se oía el ruido de sables de militares descontentos con la situación del país, acechando para dar un golpe de Estado; numerosas huelgas y protestas de trabajadores de todos los sectores reclamando libertad y reconocimiento social eran un dolor de cabeza para el incipiente y frágil gobierno de Suárez y añadiendo más leña al fuego, la extrema derecha se hacía presente y visible dejando tras de sí un rastro de sangre y al mismo tiempo poniendo los clavos de su propio ataúd.
El 23 de enero, mientras participaba en una manifestación a favor de la amnistía, pistoleros vinculados a Guerrilleros de Cristo Rey –o a la Triple A, según diversas fuentes- irrumpieron armados en la marcha y asesinaron a Arturo Ruiz, de tan solo 19 años. Al día siguiente, la indignación por este hecho hizo que más de 100.000 personas participaran en las diversas manifestaciones y un número similar de universitarios hicieron paros totales de sus clases. Pero la represión policial también se manifestó con crudeza con el resultado de la muerte de María Luz Nájera cuando fue alcanzada en la cabeza por un bote de humo. Hubo también 12 heridos de diversa consideración debido a la actuación de la policía.
Al día siguiente se produjo uno de los sucesos que tuvo mayor impacto en la opinión pública española, como fue el atentado de los abogados laboralistas en Madrid, que se saldó con cinco fallecidos y cuatro heridos graves, y que estuvo realizado por miembros de Fuerza Nueva. Todos los abogados pertenecían al PCE y a CC.OO., y aunque el atentado fue reivindicado en un primer momento por la Triple A –Alianza Apostólica Anticomunista-, investigaciones posteriores determinaron que habían sido personas relacionadas con Fuerza Nueva. Dos de los miembros detenidos, F. Albaladejo y L. Jiménez, habían sido colaboradores en diversas tareas de la Guardia Civil, y además, el primero de ellos había sido nombrado secretario del Sindicato Provincial de Transportes de Madrid. En total fueron condenados siete ultraderechistas de Fuerza Nueva, Falange Española y la Guardia de Franco, que poseían importantes conexiones con determinados miembros policiales. Los autores materiales, J. Fernández Cerrá y C. García Juliá fueron condenados a 163 años de cárcel cada uno; F. Albaladejo a 63 años; L. Jiménez Caravaca a 4 años de cárcel –éstos dos últimos fallecieron en 1985-; y a Gloria Herguedas Herrando –novia de Fernández Cerrá- a un año como encubridora de los hechos. Otros participantes en el atentado fueron Simón Ramón Fernández Palacios –fallecido en abril de 1979- y Lerdo de Tejada –cuya madre era la secretaria personal de Blas Piñar-, se fugó gracias a un permiso de libertad extraordinario concedido por el juez que investigaba los hechos, Rafael Gómez Chaparro.
La base de este atentado, más allá de cuestiones ideológicas, formaba parte de la llamada «estrategia de tensión» que realizaron numerosos grupos de extrema derecha en la Europa de los años setenta, especialmente en Italia. Utilizando el terror como arma se buscaba crear un clima de desestabilización política y social que provocara en el caso italiano la caída del PCI. Aquí en España, el objetivo era favorecer un golpe de Estado que pusiera fin a la Transición y restituyera a los militares en el poder. Para ello era necesario provocar una reacción virulenta por parte del PCE, todavía ilegal en enero de 1977. A gran escala ese era el fin último del atentado. Por ello, el objetivo eran estos abogados laboralistas, que ofrecían sus servicios de forma gratuita en muchos casos y asesoraban a sindicatos que estaban a la sombra del todavía presente Sindicato Vertical de origen falangista.
Sin embargo, el duelo mostrado en el cortejo fúnebre de los abogados asesinados fue todo lo contrario de lo que pretendió la extrema derecha. Alrededor de 200.000 personas se manifestaron atendiendo a consignas de silencio total, calma y serenidad, añadiendo el hecho curioso de que la seguridad del acto estuvo a cargo de miembros del PCE, a cuyas órdenes se puso la propia policía. Aún así, se produjo un gran despliegue policial durante el cortejo fúnebre, incluyendo helicópteros o policías apostados en terrazas. También se debe destacar a las personalidades que acudieron a la capilla ardiente, tanto representantes provinciales de los Colegios de Abogados; el decano del Colegio de Abogados de Madrid, A. Pedrol, o el presidente del Consejo General de la Abogacía; como la presencia de políticos de la oposición: F. González, J. Satrústegui, E. Tierno Galván o S. Carrillo, secretario general del PCE.
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La masiva y serena manifestación de duelo y dolor puso sin duda en un brete al Gobierno de Suárez en lo relativo a la legalización del PCE. Se hacía muy necesario que el partido fuera legalizado, en tanto en cuanto había manifestado su fuerza en las calles de forma pacífica en un contexto de violencia, puesto que habían sido asesinados compañeros de la organización y era bastante fácil que se buscara un ajuste de cuentas o una venganza en caliente. Por ello se debe destacar este hecho a su favor cuando finalmente el PCE fue legalizado el 9 de abril de 1977, dos meses y medio después de tan trágico suceso.
Es reseñable también apuntar a las conexiones internacionales de este atentado, especialmente con Italia ya que una de las armas utilizadas por los asesinos de los abogados de Atocha era un subfusil Ingram conocido popularmente como «Marietta». Y es que a inicios de los años setenta, una partida de estas armas perteneciente a la policía española fue desviada hacia grupos de extrema derecha italianos, usándose para asesinar al juez Vittorio Occorsio en el verano de 1976. Y atendiendo a las pruebas periciales de la policía sobre las armas usadas contra los abogados de Atocha, algunos agentes establecieron paralelismos con atentados llevados a cabo en Italia, pero antes de que pudieran concluir sus informes fueron apartados y destituidos de sus cargos.
Sin duda, estos hechos de finales de enero de 1977 supusieron un obstáculo enorme en el pedregoso camino de la Transición cuyo final pacífico no se vislumbraba. La violencia, la muerte y el miedo se instalaron en la sociedad española, que demostró que el terror no iba a amedrentarla en el ansiado camino hacia la democracia, la justicia, la paz y la libertad.


sábado, 9 de abril de 2016

EL TERRORISMO DE LOS SERVICIOS SECRETOS Y DE LA OTAN: OPERACIÓN GLADIO.

En Europa occidental, los años setenta constituyeron el periodo más sangriento tras la IIª Guerra Mundial. Con los ecos de las guerrillas sudamericanas y de la todavía vigente guerra de Vietnam, surgieron en Europa numerosos grupos terroristas vinculados a la izquierda radical marxista cuyas reivindicaciones en pos de una refundación o destrucción del capitalismo económico y su lucha contra los “imperialismos europeos” se convirtieron en algunos de sus elementos característicos. Por supuesto, las formas utilizadas comenzaron desde los atracos a bancos y secuestros a la colocación y detonación de bombas o mediante una abierta lucha de guerrillas contra la policía o el ejército. Algunos de sus máximos ejemplos los encontramos en Irlanda con el Ejército del IRA, en Alemania Occidental con la Fracción del Ejército Rojo o las Brigadas Rojas en Italia.
De este modo, nos encontramos con un terrorismo muy activo y organizado en esos países cuyos gobiernos parecían incapaces de frenar las acciones violentas. Y por supuesto otro ejemplo es ETA, cuyas acciones terroristas habían comenzado en el tardofranquismo pero se recrudecieron en la década siguiente, lo que generó no solo un profundo temor social y político en el proceso de la Transición sino que hizo persistente la idea un posible golpe de Estado por parte de militares descontentos con la situación de España tras la muerte de Franco. Así pues, en una Europa que se iba conformando en una unión estable en términos comerciales y económicos, la existencia de un terrorismo vinculado a grupos izquierdistas era una amenaza para la estabilidad de los gobiernos, máxime cuando existía un miedo muy latente de una posible guerra nuclear con el bloque soviético. Y este último factor fue uno de los más importantes a la hora de conformar un contraataque gubernamental y parapolicial mediante la fórmula del “terrorismo por terrorismo”. De este modo, la OTAN y la CIA estadounidense en colaboración con agentes secretos del MI6 inglés, militares, mercenarios y terroristas ultraderechistas europeos diseñaron la llamada Operación Gladio, una acción subversiva y activada mediante unos protocolos secretos que se iniciaron en 1952 y que iba a encontrar apoyo logísticos con algunas fuerzas policiales –como la italiana- con el fin de acabar con el terrorismo izquierdista mediante acciones armadas y para prepararse, llegado el caso, a una eventual invasión soviética en Europa occidental.
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Resultan muy conocidas y estudiadas las distintas conexiones y colaboraciones entre distintos grupos de extrema derecha en Europa, como entre los españoles Guerrilleros de Cristo Rey y Fuerza Nueva con el Movimiento Social Italiano, el partido de Giorgio Almirante. A este respecto, cabe señalar que entre el 11 y el 17 de septiembre de 1972 se produjeron una serie de encuentros y reuniones en la ciudad italiana de Pescara entre miembros de Fuerza Nueva y el Fronte de la Gioventú, la rama juvenil del MSI, lo que da idea de la concordia y de las buenas relaciones existentes. Esta coordinación armada se manifestó de forma violenta en los sucesos de Montejurra (1976) y en el atentado contra los abogados de Atocha (1977) en el colaboraron terroristas ultraderechistas españoles e italianos –Stefano Delle Chiaie por citar el más conocido- o argentinos, vinculados estos últimos a la Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista) y que participaron en las torturas y persecuciones políticas y sociales practicadas por Videla durante su golpe de Estado y en su posterior dictadura. Y para ejemplificar esa colaboración se debe reseñar que una pistola utilizada durante el asesinato de los abogados en España fue usada posteriormente en el atentado contra un juez italiano por parte de neofascistas transalpinos.
Y sería Italia, precisamente, donde la red Gladio se manifestó con mayor virulencia debido a una conjunción de factores. En primer lugar hay que señalar la histórica fortaleza del Partido Comunista Italiano desde el final de la Segunda Guerra mundial, algo que se mantuvo durante la década de los años setenta con la dirección de Enrico Berlinguer desde marzo de 1972. En ese momento, el PCI encabezó la línea rupturista frente a las tesis ortodoxas del marxismo soviético y apostó por un eurocomunismo en Europa y el llamado “compromesso storico” en Italia, pactando con la Democracia Cristiana a favor de una estabilidad política en un momento en el que el país se veía azotado por una grave crisis económica, social y política, con gobiernos que en ocasiones apenas duraban meses o incluso semanas. A esta situación hay que añadir la intensa actividad terrorista por parte de la extrema izquierda (Brigadas Rojas con el secuestro de Aldo Moro) y de grupos neofascistas nacionales con apoyos extranjeros que sufrió Italia durante toda la década de los setenta, una época conocida como “Anni di piombio”. Y por último, no se puede obviar la situación geopolítica de Italia, puesto que en el contexto de la Guerra Fría ni la CIA ni la OTAN iban a permitir que hubiera un gobierno comunista que sirviera a los intereses de la URSS haciendo que éstos dispusieran de una extraordinaria salida al mar y controlar casi la totalidad del Mediterráneo y del norte de África, en un momento en el que la propia URSS proporcionaba ayuda económica y armas a países africanos envueltos en sus guerras independentistas.
Por lo tanto, la CIA, junto a militares de alta graduación de la OTAN proporcionaron armas, explosivos, apoyo logístico como pisos francos y dinero a grupos neofascistas italianos para que ejercieran operaciones ilegales e indiscriminadas de contraterrorismo en colaboración de la policía italiana con el fin de acabar no solo con grupos terroristas como las Brigadas Rojas, sino también para minar el poder del PCI mediante el uso de atentados. Un ejemplo trágico de ello fue el atentado de Piazza Fontana en Milán, ocurrido el 12 de diciembre de 1969. Una explosión en la Banca Nacional de Agricultura se saldó con 17 muertos y 88 heridos. Además se produjeron explosiones en otros puntos de la capital lombarda así como en Roma. Las primeras investigaciones señalaron a grupos radicales de izquierdas vinculados al anarquismo, aunque posteriores revelaciones e indagaciones de jueces y fiscales italianos probaron la existencia de una compleja red internacional que cometió el atentado y trató de involucrar falsamente a grupúsculos anarquistas. Algo similar a lo que sucedió con posterioridad en la Matanza de Bolonia, ocurrida el 2 de agosto de 1980. Fue un salvaje atentado que costó la vida a más de ochenta personas –el peor acto terrorista ocurrido en Italia tras la Segunda guerra mundial- y que involucró a miembros de Ordine Nuovo junto a agentes del servicio secreto italiano. Acciones similares tuvieron lugar en Alemania con el atentado en la Oktoberfest de Múnich en 1980 o las masacres de Brabante entre 1982 y 1985 en Bélgica.
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En realidad, lo que se pretendía con estas actuaciones de grupos neofascistas en Italia –y también en España con los salvajes atentados vinculados a la extrema derecha durante la Transición- es crear lo que se denominó “estrategia de tensión”, que consistía en crear un clima de desestabilización política y social de tal calibre que fuera necesaria la intervención militar mediante un golpe de Estado, tal y como llegaron a promover Fuerza Nueva en España u Ordine Nuovo, una escisión violenta y radical del MSI italiano. De hecho, la verdadera intención tras la muerte del estudiante Arturo Ruiz y de los abogados laboralistas de Atocha no fue el atentado en sí, sino provocar ese clima de inestabilidad gubernamental y de terror que hiciera necesaria una intervención militar que tomara el control de las instituciones. Pero la manifestación pacífica posterior al entierro de los fallecidos impidió tal hecho.
Finalmente, con la decadencia y colapso de la URSS junto al hecho de que no se pudo desestabilizar a los gobiernos de España ni de Italia, ni acabar con la fuerza de movilización del Partido Comunista Italiano, Gladio se convirtió en una red menos activa avanzada la década de los años ochenta aunque algunos de sus miembros continuaron con sus actividades terroristas, especialmente en América del Sur con la Operación Cóndor (que merece capítulo aparte).
Pero las investigaciones tampoco ayudaron a esclarecer en gran medida estas conexiones internacionales con la CIA ni con la OTAN. Sólo la declaración pública del presidente del Consejo de Ministros italiano Giulio Andreotti en 1990 puso en conocimiento de la existencia de la red Gladio a la opinión pública. Además, el Parlamento Europeo expuso en el Diario Oficial de las Comunidades Europeas con fecha del 24 de noviembre de 1990 el reconocimiento oficial de la existencia de la red Gladio promovida por los servicios secretos de distintos países europeos en colaboración con la OTAN:
A. Considerando las revelaciones por parte de varios Gobiernos europeos acerca de la existencia desde hace cuarenta años de una estructura paralela de inteligencia y de acción militar clandestina en diversos Estados miembros de la Comunidad,
B. Considerando que esta estructura ha escapado durante más de cuarenta años a todo control democrático y que ha estado dirigida por los servicios secretos de los Estados afectados, en conexión con la OTAN,
C. Temiendo el peligro de que este tipo de redes clandestinas hayan podido, y puedan todavía hoy, intervenir ilegalmente en la vida política interna de los Estados miembros,
D. Considerando por otra parte que en determinados Estados miembros, algunos servicios secretos militares o ramas no controladas de los mismos se han visto envueltos en graves actos de terrorismo y de criminalidad, como ha sido probado en diversas investigaciones judiciales,
E. Considerando que dichas organizaciones han operado y operan al margen de toda legalidad, habida cuenta de que no puede ejercerse control parlamentario alguno sobre las mismas y de que, además, los más altos cargos gubernamentales y constitucionales de los diferentes países han declarado en varias ocasiones desconocer estos temas,
F. Considerando que las diferentes redes «GLADIO» se valen de arsenales y estructuras militares autónomas que pueden determinar una capacidad ofensiva desconocida y peligrosa para las estructuras democráticas de los países en que operan o han operado,
G. Muy preocupado por el hecho de que, precisamente en un momento en que se debate con insistencia la intensificación de la cooperación comunitaria en materia de seguridad, aparezcan organizaciones de decisión y operativas que quedan fuera de cualquier control democrático y, por lo tanto, dentro de la clandestinidad;
Pero a pesar de que en este propio documento se pedía el desmantelamiento de tales estructuras, así como una solicitud a las magistraturas y jueces para que investigaran, juzgaran y condenaran los hechos acaecidos y a sus responsables junto a la creación de comisiones parlamentarias para clarificar el alcance de la red Gladio, la realidad fue que ninguno de los responsables fue condenado por tales actos. Algunos agentes norteamericanos –como Michael Townley- y de la OTAN fueron investigados y apartados de sus funciones. Pero nunca cumplieron condena alguna. Únicamente se juzgó a dos terroristas neofascistas italianos, Stefano Delle Chiaie y Vincenzo Vinciguerra.

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                                                                                                                                                        -Olof.



Link del Documento Oficial de las Comunidades Europeas:

Nota: según las investigaciones de Daniele Ganser en su libro Los ejércitos secretos de la OTAN. La operación Gladio y el terrorismo en Europa occidental, el alcance de esta red se extendió por los siguientes países: Alemania, Bélgica, Dinamarca, España, Francia, Grecia, Italia, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos y Portugal.

lunes, 22 de febrero de 2016

TENSIONES EN ITALIA. VICTORIAS EN FRANCIA.

Tras el derrumbe –que no desaparición- del fascismo ejemplificado en la República de Salò y la derrota en la IIª guerra mundial, Italia afrontaba un convulso presente y un dudoso futuro a finales de la década de los años cuarenta. Los grupos políticos antifascistas que habían luchado en la clandestinidad formaron un Comité de Liberación Nacional que resultaría el pilar fundamental a la hora de formar gobierno tras la dimisión del mariscal Badoglio. La monarquía, a pesar de su colaboración con el régimen de Mussolini, se prestó enseguida para seguir como la columna vertebral del nuevo sistema político pero un referéndum celebrado el 2 de junio de 1946  decretó la abolición de la realeza italiana. Y como si fuera algo perenne, se puso de manifiesto la división entre el norte (la mayoría optó por la república) y el sur (partidarios de la monarquía).
Y esa partición también se iba a reflejar en el plano político. Con la principal existencia de tres partidos –la Democracia Cristiana, el Partido Socialista Italiano y el Partido Comunista Italiano-, el sistema electoral establecido según la nueva Constitución de 1947 facilitaba la representación de las minorías  lo que provocaba lógicamente la dificultad de formar gobiernos estables. Harían falta coaliciones múltiples y complejas entre partidos cuyas políticas no iban a converger, tal es el caso de la Democracia Cristiana de Alcide de Gasperi y el Partido Comunista de Palmiro Togliatti, quien llegó a ocupar el Ministerio de Justicia y fue Vice-Primer Ministro entre 1945 y 1946 en el Gobierno dirigido por de Gasperi. Aún así, los gobiernos de coalición se resquebrajaron de forma inmediata. De una manera similar a lo ocurrido en Francia con el PCF de Thorez, todos los ministros comunistas italianos fueron cesados de sus cargos durante la crisis de mayo de 1947. Esto originó unas enormes tensiones sociales que empujaron al PCI junto a los socialistas italianos a confluir en un Frente Democrático Popular que obtuvo en las primeras elecciones de la República de Italia un 30,98% de los votos, por detrás de la Democracia Cristiana con el 48,51%.  Y para echar más leña al fuego, el 14 de julio de 1948 Togliatti sufrió un atentado a manos de un pistolero fascista que casi acaba con su vida. Enseguida, enardecidos, los italianos salieron a las calles en una de las manifestaciones más masivas del siglo XX. El país parecía derivar en una peligrosa espiral de violencia y polarización social y política que podía acabar en una guerra civil.
Pero de Gasperi tenía un as en la manga. Un ciclista.

Si en Italia se vivían momentos de tensión y desmembración, en el mundo del deporte también pasaba algo similar. Y el deporte más importante en ese momento junto al fútbol era el ciclismo. Por un lado estaba Gino Bartali (1914-2000), ganador hasta ese momento del Giro de Italia en los años 1936, 1937 y 1946 y del Tour de Francia en 1938. La guerra le había imposibilitado el obtener un mayor palmarés y había sido utilizado por la dictadura de Mussolini como el paradigma de la grandeza de Italia puesto que había derrotado a los franceses en su propia carrera. Pero Bartali, conocido como «El fraile volador», ferviente católico y votante de la Democracia Cristiana, era mucho más. Durante la IIª guerra mundial participó activamente en una red dirigida por Giorgio Nissim que permitió salvar la vida a 800 judíos llevando pasaportes y documentos falsificados escondidos en el tubular de su bicicleta a las abadías y monasterios toscanos. Cuando soldados o policías le paraban por los caminos de la Toscana siempre ponía la excusa de que estaba entrenando. Los carabineros siempre sospecharon que Bartali estuvo involucrado en alguna organización clandestina, pero su fama era tal que nunca llegaron a detenerlo. Incluso circuló por Italia una leyenda sobre su aura salvadora. Terminada la IIª guerra mundial, un vecino y amigo suyo llamado Antonio Davitti explicó que cuando llegó al campo de concentración de Dachau en 1943 un oficial alemán se interesó por él al conocer su origen toscano. Tras unos minutos de conversación le preguntó si conocía a Gino Bartali y Davitti le explicó que no solo le conocía, sino que llevaba una foto dedicada del corredor. El oficial nazi le instó que se la diera y a cambio le ofreció papel y lápiz para que escribiera el nombre de veinte presos. Días más tarde Davitti y los elegidos fueron enviados a trabajar a una fábrica.
Y por otro lado estaba Fausto Coppi (1919-1960). «El espectro temible» como lo llegó a bautizar el semiólogo Roland Barthes o «campionissimo» según la afición italiana, había vencido en el Giro de Italia de 1940 antes de que la guerra interrumpiese casi toda la actividad ciclista. Tras participar en la contienda enrolado en la División Ravenna y ser apresado por tropas británicas en África, retomó la actividad del ciclismo profesional con una determinación enorme, que le consagraría como uno de los mejores ciclistas de todos los tiempos. Bartali y Coppi representaban las dos concepciones existentes en ese momento en Italia. Gino era un católico practicante que portaba siempre una medalla de la Virgen en su cuello durante las carreras y amigo personal de Alcide de Gasperi. Fausto era todo lo contrario. Cercano a posturas socialistas, declaró públicamente en 1952 su agnosticismo y al año siguiente, mientras estaba casado con Bruna Ciampolini desde 1945, mantuvo una relación con Giulia Occhini conocida como «la Dama Blanca» y mujer de un ferviente admirador suyo. Su relación extramatrimonial causó una auténtica conmoción social en Italia e incluso el papa Pío XII condenó tal hecho. Fausto se separó de su mujer en 1954 pero Giulia fue acusada de adulterio por su marido y encarcelada. A Coppi se le retiró el pasaporte. Finalmente, la pareja pudo huir a Argentina donde nacería su hijo Faustino.
Pero volvamos a 1948. Italia vivía momentos de enormes tensiones sociales y políticas tras el intento de asesinato de Togilatti. Al día siguiente del suceso de Gasperi tomó una decisión y llamó a su amigo Bartali:
-Le ruego que haga algo. Sólo usted puede salvar el país.
Pero Gino tenía ante sí un reto casi imposible. El líder era el francés Louison Bobet, quien le aventajaba en 21 minutos. Aún así, la etapa del 15 de julio del Tour de 1948 iba a suponer un doble desafío para Bartali. Por un lado ganar la etapa e intentar recortar algo de tiempo. Por otro no decepcionar a de Gasperi y dar un poco de tranquilidad al pueblo italiano. La etapa conducía a los ciclistas desde Cannes hasta Briançon, atravesando los Alpes mediante puertos tan duros como Allos, Vars y el temible Izoard, con su cumbre a 2.361 metros de altitud. Así que Bartali, como si fuera una auténtica orden gubernamental, destrozó a todos sus rivales sin notar el cansancio ni la intensa nevada que caía en la cumbre del Izoard y que obligó a muchos ciclistas a poner pie a tierra y ascender los últimos kilómetros andando. En meta, redujo a 3 minutos la diferencia con Bobet por lo que se convirtió en el máximo candidato a ganar la carrera.
Su hazaña tuvo un impacto inmediato en Italia y de hecho llegó a interrumpir una intensa y acalorada sesión del Parlamento en la que se discutían las consecuencias del atentado sufrido por Palmiro Togliatti. Alcide de Gasperi pidió silencio y pronunció las siguientes palabras:
-Señores. Se acaba de producir una noticia de trascendentales consecuencias. ¡Una gran noticia! Bartali ha ganado la etapa del Tour.
Al día siguiente, en otra etapa de montaña de 263 kilómetros entre Briançon y Aix-les-Baines, Bartali se aupó al liderato de la general mientras ascendía en solitario la Croix de Fer. Y volvería a ganar dos etapas más que le permitieron convertirse en el vencedor final del Tour de Francia de 1948 con 34 años. En esa edición aventajó en 26 minutos y 16 segundos al belga Schotte y en 28 minutos y 48 segundos al galo Lapébie. Bobet, el ciclista que tenía una ventaja de 21 minutos sobre Bartali en la mitad de la carrera, acabó cuarto a 32 minutos y 59 segundos.
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Su hazaña en esa etapa, así como su triunfo final, contribuyó a que se redujeran las tensiones sociales y políticas de una Italia al borde de una plausible revolución social. De esta manera se refirió Guilio Andreotti, político de la Democracia Cristiana y Jefe de Estado italiano en tres ocasiones: "Decir que la guerra civil se evitó por una victoria en el Tour de Francia es sin duda excesivo, pero es innegable que en ese 14 de julio de 1948, día del ataque a Togliatti, Bartali contribuyó a aliviar las tensiones."
Y el propio Bartali señaló años más tarde que: “No sé si salvé a la patria, pero cuando menos devolví la sonrisa a mucha gente.”
Y si ese momento supuso un freno a posibles revueltas sociales, no menos significó la materialización deportiva de la unión de las dos italias, la católica y de centro derecha de Gino Bartali y la agnóstica y socialista de Fausto Coppi. Ambos ciclistas ascendían el durísimo puerto del Galibier del Tour de Francia de 1952 en el transcurso la etapa undécima entre Le Bourg d’ Oisans y Sestrières. Coppi, unos centímetros por delante, le entregaba un bidón de agua a Bartali. En Italia se escribieron libros sobre quien bebió primero y aún hoy se desconoce a ciencia cierta quién hizo tal gesto, aunque algunas fuentes apuntan a que fue Coppi quien ofreció su agua a Bartali. Esta fotografía trascendió el mundo del ciclismo y adquirió un verdadero significado político y social al mostrar la reconciliación de los dos mayores iconos que representaban a las ideologías predominantes en Italia en ese momento.
Lo que no había logrado la política lo logró el Tour de Francia.

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-Olof.