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lunes, 1 de noviembre de 2021

AL SERVICIO SECRETO DE SU MAJESTAD

Frío, inteligente, implacable… pero también bebedor, mujeriego y excesivo. Tómense todas esas características y agítense bien (no remover) en una coctelera. Sírvase frío en un esmoquin hecho a medida. El resultado: 007.

James Bond, el oficial de Inteligencia Naval de la Marina Real Británica, convertido en agente secreto con “licencia para matar”, protagonizó 12 novelas escritas por Ian Fleming y consiguió dar el salto a la gran pantalla para convertirse en una de las franquicias más exitosas del panorama cinematográfico. A lo largo de la historia del personaje, ha sido interpretado por 8 actores diferentes. Cada uno, con su estilo; algunos, más cercanos al carácter novelesco; otros, nacidos para brillar en pantalla; incluso, en ocasiones, tan parecidos como un huevo a una castaña. Pero todos, sin excepción, con el honor de haber estado al servicio secreto de Su Majestad.

 

Barry Nelson (1954)

El primer actor en interpretar a 007 fue, aunque mucha gente lo desconozca, Barry Nelson. Lo hizo en una dramatización para un programa de televisión de la CBS llamado Climax Mystery Theater. En dicho episodio, de unos 48 minutos de duración, el estadounidense (sí, estadounidense) Barry Nelson interpretó a Jimmy Bond, misterioso agente de la CIA, en la adaptación de la primera novela de Fleming: Casino Royale (Fleming I., 1953). De esta forma, en la pequeña pantalla, y en blanco y negro, este Climax Mystery Theater: Casino Royale (1954) se convirtió en el primer producto audiovisual que pudieron ver los fans del agente secreto. Por suerte, la franquicia tomó otros derroteros.

 

Sean Connery (1962-1967)

Si decíamos que Barry Nelson fue un interprete episódico y casual, de Sean Connery sí que podemos decir que fue “el primer Bond”. Para muchos, siempre será el mejor 007 que ha existido, aunque no sea el más cercano al personaje de Ian Fleming. Es más, inicialmente, la elección del actor no fue del agrado del escritor. No obstante, con el tiempo, el autor debió de acostumbrarse al intérprete, ya que introdujo en una de sus novelas el origen escocés del padre de Bond para alinearlo con la nacionalidad de Connery.

El 007 de Connery es pura Guerra Fría. Con las gafas del siglo XXI, el personaje destila el peor machismo de la saga, aunque, para su tiempo, maridase perfectamente con el ambiente de la época.

Connery siempre se sintió infravalorado y escasamente pagado por sus servicios. Hablamos de 100.000$ en su primera película, Agente 007 contra el Dr. No (1962), y llegando hasta 800.000$ en Sólo se vive dos veces (1967). Aunque pueda parecer poco (incluso ajustando la inflación a la actualidad, es una cantidad bastante pobre), hay que tener en cuenta que eran películas con muy poco presupuesto (1,1 millones en la primera y 9,5 millones en la quinta). De esta forma, hastiado por el personaje y por su conflicto con los productores, decidió abandonar la franquicia.

 

David Niven (1967)

Desde aquel episodio de televisión de Casino Royale para Climax!, en el ’54, los derechos para la adaptación de la novela habían ido cambiando de manos. Así fue como llegaron hasta Charles K. Fedman y la Columbia Pictures, que decidieron realizar una película paródica, Casino Royale (1967). El inglés David Niven se puso a las órdenes de hasta cinco directores diferentes, que trabajaron coordinados, para dar vida a un James Bond retirado que tiene que volver a la acción. La crítica tildó la película como “incoherente y vulgar”.

Este largometraje no pertenece a la franquicia canónica realizada por EON Productions (poseedora de los derechos de la saga y responsable de casi todas las películas de Bond), por lo que se la tiene como una rara avis.

 

George Lazenby (1969)

Con el abandono de Sean Connery, hubo que buscarle un sustituto. George Lazenby, un modelo australiano, sin experiencia en la interpretación, fue el elegido para personificar a un Bond bonachón y cercano. Al servicio secreto de Su Majestad (1969) adaptó fielmente la novela homónima y, aunque se la criticó desfavorablemente en su día, la perspectiva general ha ido mejorando hasta convertirse en la película favorita de la franquicia para mucha gente.

Pese a que Lazenby había firmado un contrato para interpretar a Bond a lo largo de siete películas, influencias cercanas hicieron que no quisiese repetir el personaje. El miedo al encasillamiento, las diferencias abismales entre su propia forma de vida (más cercanas al mundo hippie) y la del agente secreto (derrochadora y violenta) y la creencia en que los largometrajes de Bond tendrían una caducidad cercana, contribuyeron al segundo abandono de la saga.

 

Sean Connery (1971)

Si bien EON Productions quería explorar nuevos actores para el papel, United Artists (encargada de la distribución) quiso volver al Bond original. Extendieron un cheque a Sean Connery por 1.250.000$, una cifra récord para la época, y compraron al actor.

Aunque Diamantes para la eternidad (1971) era la primera cinta de un acuerdo de dos largometrajes, prorrogable incluso a más películas, Connery quiso renunciar definitivamente a la saga (ya veremos más adelante que no fue así del todo).

 

Roger Moore (1973-1985)

Vive y deja morir (1973) no sólo trajo a un nuevo actor, sino también a un nuevo Bond. El inglés Roger Moore ofreció una interpretación más amable y divertida, con comentarios satíricos y un rostro simpático. Su caracterización de 007 se alargó hasta Panorama para matar (1985), lo que le convierte en el actor que en más películas (oficiales) ha interpretado al agente secreto. Su actuación fue del agrado tanto del público como de los productores. Si no hubiese sido por su avanzada edad (interpretó por última vez a Bond con 58 años), todavía seguiría encarnando el papel “sin tiempo para morir”.

 

Sean Connery (1983)

Ya habíamos spoileado que Diamantes para la eternidad (1971) no iba a suponer el adiós definitivo de Sean Connery para el personaje (aunque sí para la franquicia). Pues bien, resulta que, muchos años antes de que EON Productions se hiciese con los derechos cinematográficos de James Bond, el guionista Kevin McClory había colaborado con Ian Fleming en un guión para una posible película sobre 007 que no llegó a realizarse. Fleming aprovechó parte de las ideas de ese guión fracasado para escribir su novela Operación Trueno (Fleming I., 1961). Esto conllevó a una demanda de McClory a Fleming que se solventó con un acuerdo.

Operación Trueno (1965), interpretada por Sean Connery, se convirtió en la cuarta película de EON Productions sobre Bond. En ella, se cedieron los créditos de la producción, en exclusiva, a McClory. Los productores habituales, Albert Broccoli y Harry Saltzman, figuraron como meros productores ejecutivos. Además, McClory conservaría los derechos para realizar un remake en el futuro.

El momento había llegado y McClory sabía que la única forma de presentar un 007 sostenible, fuera de la franquicia canónica, era con el Bond original. Le pusieron a Sean Connery 10 millones de dólares sobre la mesa y, de esta forma, nació Nunca digas nunca jamás (1983), título que hacía clara alusión a la negativa de Connery de volver a interpretar al personaje.

Aun con la vuelta de “el mejor Bond”, la película apócrifa de McClory no consiguió vencer a la canónica Octopussy (1983), que se estrenó el mismo año y que, con menor presupuesto, logró una mayor recaudación.

El James Bond con peluquín, barriguita y desmejorado, que “nunca jamás” debería haber vuelto, fue la despedida definitiva (ahora sí) del 007 de Connery.

 

Timothy Dalton (1986-1993)

Hasta en dos ocasiones había rechazado el Galés Timothy Dalton encarnar a James Bond. Una en 1968, recayendo, entonces, en George Lazenby. Otra en los inicios de los ’80, supuestamente para ir buscando un relevo a Moore. Por fin, a la tercera fue la vencida y Dalton rodó 007: Alta Tensión (1987). La película fue un éxito de taquilla y los lectores aplaudieron la fidelidad de la interpretación de Dalton al personaje novelesco. No obstante, este Bond era más violento y estoico. Un muro de hielo.

Aunque Dalton tenía un acuerdo con EON Productions para rodar tres películas, la tercera se retrasó varios años por conflictos judiciales. Cuando, por fin, éstos se resolvieron, Dalton renunció a continuar, desmotivado por los 5 años que habían pasado.

 

Pierce Brosnan (1995-2002)

Al igual que Timothy Dalton, Pierce Brosnan ya había sido considerado para ser 007 anteriormente. En su caso, no fue por voluntad propia, sino un lance del destino. El irlandés ya estaba confirmado para encarnar al agente secreto en 007: Alta Tensión (1987). Aupado a la fama por la serie Remington Steele (1982-1987), ésta había sido cancelada al finalizar su cuarta temporada, lo que dio la oportunidad a Brosnan de centrarse en otros proyectos. Aunque la cadena de televisión NBC tenía 60 días para revocar la cancelación, todo parecía hecho, por lo que Brosnan llegó a hacer pruebas de vestuario y cámara para la película. Pero todo se torció el sexagésimo día. La NBC renovó la serie por una quinta temporada, lo que atrapaba de nuevo al irlandés, despojándole de su “licencia para matar”.

Años después, demostrando que el 007 no es el vagón de un tren que sólo pasa una vez en la vida, Pierce Brosnan tuvo la oportunidad de volver a la saga y ofrecernos un James Bond que aunaba las virtudes de sus predecesores. Viril, cercano, simpático y dramático, todo a la vez. Parecía encarnar el 007 estándar. Además, tuvo que asumir una “recolocación” del papel, al haber finalizado la Guerra Fría, buscando otro tipo de villanos.

Las películas protagonizadas por Brosnan, desde Goldeneye (1995) hasta Muere otro día (2002), fueron todas éxitos de taquilla. Su relevo fue una cuestión meramente de edad.

 

Daniel Craig (2006-2021)

En 1999 EON Productions había recuperado los derechos de la novela Casino Royale (Fleming I., 1953), que tanto habían danzado. Compartían participación con la Metro-Goldwyn-Mayer, en esos momentos con parte del accionariado en Sony Pictures, que poseía también Columbia Pictures (productora que había rodado el Casino Royale anterior).

Inicialmente, se pensó en una película con Pierce Brosnan como 007, pero su avanzada edad les hizo desestimarlo. Su sustituto, no exento de polémica, fue el inglés Daniel Craig. Los detractores alegaron razones tan triviales como el color rubio de su pelo, su baja estatura o su constitución musculada. Por suerte, Barbara Broccoli y Michael Wilson, mandamases de EON Productions e hijos de Albert Broccoli, co-fundador de EON y productor, hasta su muerte, de todas las películas de Bond, tenían la decisión bien tomada.

Con Casino Royale (2006), adaptando la primera novela de Ian Fleming, Craig tuvo la oportunidad de reiniciar al personaje y a la franquicia. Además, la saga pasó de ser procedimental (con películas autoconclusivas sin referencias entre sí), a ser argumental (generando un lore y siendo cada entrega continuación de la anterior).

El éxito de la “Saga Craig” llegó a su máximo exponente con Skyfall (2012), con una recaudación de 1.108 millones de dólares. Cifra que, seguramente, no se vea superada por la última entrega, Sin tiempo para morir (2021) que, aunque lleva en estos momentos 605 millones recaudados, los coletazos de la pandemia impedirán que suba mucho más.

Si Brosnan fue el Bond de los ’90, en cuanto a repercusión post-Guerra Fría y modernización, a Craig se le puede llamar el Bond del siglo XXI. Con una figura musculada que llena el esmoquin y un carácter que, aunque frío en sus inicios, denota sentimientos en lo más profundo de su ser, este 007 nos ha ofrecido, con este ciclo que cierra su última película, uno de los mejores Bond de la franquicia.

 

El futuro de la franquicia

El próximo Bond siempre ha sido una apuesta tan difícil de acertar como el juego de la ruleta. Hemos hablado de los que fueron, pero hubo otros muchos que se quedaron marcados en las quinielas, como Michael Gambon, Burt Reynolds, Jude Law, Ewan McGregor, Liam Neeson, Mel Gibson, Russell Crowe, Sam Neill o James Brolin. Y, ahora que se ha cerrado el ciclo de Daniel Craig, quién sabe el que estará encargado de conducir el Aston Martin y beberse el Martini seco con vodka. ¿Henry Cavill? ¿Idris Elba? ¿Tom Hardy? O, quizá, nos estemos equivocando al buscar un nuevo James Bond cuando lo próximo en llegar sea Bond… Jane Bond.

 

Imperator Caesar Cerverius



jueves, 14 de enero de 2016

HÉROES EN EL ASFALTO Y EN LA GUERRA (Parte II)

En el año 1943 el curso de la guerra estaba cambiando a favor de los aliados. El ejército alemán había tocado techo en Stalingrado con una derrota que supondría un punto de no retorno. Pero faltaba en otro movimiento de la pinza que acabara con el nazismo en Europa. El frente occidental se hallaba estancado pese a las presiones de Stalin sobre Churchill para que se llevara a cabo una invasión en 1943. El Primer Ministro inglés no pudo prometerle una acción bélica de tal calibre al dictador soviético, pero sí que movería piezas en el tablero francés. Y la manera de llevarla a cabo fue mediante la creación de una nueva red de espionaje llamada Prosper (prosperidad), auspiciada por el SOE y dirigida por Francis Suttill. Y fue este grupo de espías y saboteadores los que mayor éxito tuvieron a la hora de comandar acciones contra los alemanes y también a la hora de crear estructuras clandestinas, puesto que contaban con apoyos en la zona de las Ardenas, Normandía, Le Mans y Troyes. Además, cada vez fueron reclutando más agentes con el soporte de SOE, que fue abandonando  temerariamente a la red de Grover bautizada como Chestnut (castaña) hasta dejarla en estado durmiente y sin las herramientas necesarias para su propia supervivencia.
Pero la organización encabezada por Suttill dio muestras de debilidad en el verano de 1943 ya que al tratar de controlar amplias zonas de Francia y contar con un mayor número de miembros, aumentaban las probabilidades de ser percibidos por la Gestapo o por el ejército alemán o bien sufrir infiltraciones. El trabajo se empezó a desmoronar de forma accidental cuando en la noche del 10 al 11 de junio cajas con munición comenzaron a estallar en Sologne, en pleno centro de Francia lo que alertó a oficiales del ejército alemán. Y estos no tardaron en avisar a la Gestapo, quien con sus brutales prácticas ya andaban tras la pista de saboteadores y miembros de la resistencia francesa. Sería uno de sus miembros el primero en ser arrestado y a partir de ese momento, toda la estructura se derrumbó como un castillo de naipes. Un oficial alemán de la Gestapo se hizo pasar por un ayudante del detenido francés, acabando con la red Prosper y consiguiendo la detención de Suttill, quien fue llevado al campo de concentración de Sachsenhausen.
A pesar de la ayuda ofrecida por Grover a los agentes de Suttill, la ruleta del destino iba a jugar una última partida con un desenlace fatal. Uno de los reclutados por Benoist acabó traicionándole y tanto Grover como otros miembros de su grupo fueron detenidos y torturados por las SS, quienes los condujeron también a Sachsenhausen. Por suerte, Benoist consiguió escapar en el último momento y consiguió llegar a Londres. En ese momento, las redes Chestnut y Prosper estaban totalmente desmanteladas pero el SOE no se iba a desanimar y llevó a cabo un nuevo proyecto: crear una tercera red llamada Clergyman (clérigo) liderada por Benoist. Su objetivo era el puerto de Nantes y tendría libertad para atacar cómo y cuándo pudiera. Y de nuevo, tal y como hizo Grover con él, Benoist le pidió ayuda al piloto galo más exitoso de la década de los 30 y miembro de la propia resistencia francesa Jean-Pierre Wimille; vencedor de las 24 Horas de Le Mans en 1937 junto a Benoist y en 1939, así como del Gran Premio de Francia de 1936. Sus acciones en la ciudad de Nantes tuvieron un notable éxito y consiguieron paralizar las vías de comunicación locales días antes del desembarco de Normandía. Sin embargo, Benoist fracasó de forma estrepitosa cuando quiso crear una insurrección armada en el sur de París tras el Día D y fue arrestado por miembros de las SS. Nuevamente, en otro de esos momentos en que parece que la historia se repite, Wimille consiguió escapar.
Dos de los mejores pilotos de grandes premios, Grover y Benoist estaban detenidos. Este último falleció torturado y estrangulado en el campo de concentración de Buchenwald en septiembre de 1944. Grover no iba a correr mejor suerte y fue ejecutado junto a Suttill en marzo de 1945.
Un último dato. El 9 de septiembre de 1945, apenas una semana más tarde de la rendición de Japón, se celebraron dos carreras en el Bois de Boulogne parisino. La primera de ellas constaba de un recorrido de 2,826 kilómetros al que había que dar 36 vueltas. El vencedor fue Aldo Gordini pilotando un Simca, quien recibió la Iª Coupe Robert Benoist. Más tarde, en ese mismo día y en el mismo lugar, Jean-Pierre Wimille se proclamó vencedor con su Bugatti T59/50B de la Iª Coupe Des Prisonniers. Recibió por ello un trofeo que llevaba el nombre de “W. Williams”


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                                                                                                                          - Olof.






domingo, 10 de enero de 2016

HÉROES EN EL ASFALTO Y EN LA GUERRA (parte I)

Esta historia puede parecer una mera invención salida de la mente de algún novelista británico. Pero no, fue real aunque desafortunadamente está muy poco documentada -apenas un libro del periodista Joe Saward titulado The Grand Prix Saboteurs y que no se ha traducido al español-. Pero merece ser brevemente reseñada. Todo ello se desarrolló durante la Segunda Guerra Mundial, un acontecimiento que permitió que el automovilismo y el servicio secreto británico clandestino en la Francia ocupada se dieran la mano.
Debemos situarnos en el periodo de entreguerras, concretamente en la década de los años 20, cuando un piloto desconocido que corría con el seudónimo de “W. Williams” se impuso en el primer Gran Premio de Mónaco celebrado en 1929 por delante del gran favorito, el alemán Caracciola. Muy poca gente sabía de sus orígenes y él mismo se encargó de alimentar los rumores puesto que se presentaba como un deportista suizo multimillonario o bien, como chofer en París para familias adineradas. La realidad es que este piloto nacido en Montrouge en 1903 se llamaba William Charles Frederick Grover y era hijo de un británico y de una francesa, pero tras trabajar como conductor en la capital de Francia su pasión por las carreras le hizo decantarse por la competición automovilística. Pero siempre participaba con seudónimos para evitarle preocupaciones y disgustos a su madre. Y le fue bastante bien, pues ganó dos GP de Francia (1928-1929) y el GP de Bélgica de 1931.
Solo la guerra pudo sacarlo de su plácido retiro, a caballo entre sus propiedades en París y en la Riviera francesa. En 1939 no dudó en alistarse como soldado en el ejército inglés, sirviendo como chófer para generales por el norte de Francia, pero la rápida victoria alemana sobre las tropas francesas mediante la guerra relámpago o “blitzkrieg” en 1940 hizo que se retirara a Inglaterra junto. Tras esta infructuosa experiencia, un giro del destino iba a permitirle participar en la guerra de una forma más activa. El servicio secreto Special Operations Executive (SOE), buscaba a soldados ingleses que dominaran el francés y estuvieran dispuestos a lanzarse en paracaídas para iniciar una guerra clandestina a pequeña escala, en la que actuaría no con armas sino haciendo uso de su ingenio personal, en el que debía provocar sabotajes y pequeños atentados con escasos recursos. Grover aterrizó en Francia en el mes de junio y llegó a París por sus propios medios. Allí debía cumplir una serie de órdenes dirigidas a crear una red durmiente de espías que colaborara con la Resistencia Francesa. Sus acciones estaban  destinadas a desestabilizar posibles acciones de agentes alemanes, manteniendo un perfil bajo y procurando tener un papel pasivo. Para crear dicho grupo de espionaje, Grover reclutó nada menos que a otro piloto de automóviles, Robert Benoist, quien era en esos momentos la mayor estrella francesa de los años 20, al haber ganado los Grandes Premios de Francia, España, Italia y Gran Bretaña en 1927, así como las 24 Horas de Le Mans diez años después. Y sería la red dirigida por Grover la que contribuyó en gran medida a que la fábrica de Citroën de París viera mermada su producción de camiones para las tropas alemanas junto a las acciones de los propios trabajadores de la cadena de montaje, quienes modificaban la estructura del motor haciendo que no fuera lubricado de forma adecuada por lo que muchos automóviles quedaban inservibles. De hecho, en 1942 se construyeron 9.320 vehículos pero al año siguiente la factoría ocupada por los alemanes redujo el número a la mitad y fue cerrada.


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                                                                                                               - Olof.