martes, 23 de abril de 2019

VIÑETAS SOBRE TIEMPOS TURBULENTOS (PARTE I)



   Este 1 de abril se han cumplido 80 años del final de la Guerra Civil española. Sobre este trágico acontecimiento -en el que gira todo el siglo XX español-, se harán eco diversos medios y se analizará desde diversas perspectivas: histórica, periodística, fotográfica o literaria…

   Y con toda seguridad, los medios de comunicación o la vertiente histórica obviarán el tratamiento de la guerra en los cómics y novelas gráficas. Porque estos medios, desde la década del año 2000, han plasmado la temática de la guerra de una forma muy variada. De hecho, por curioso que pueda parecer, el uso político y público sobre la Guerra Civil española ha ido aparejado con el número de volúmenes y obras gráficas publicadas sobre el conflicto bélico.




   Como se ve en este gráfico de Michel Matly, hubo una primera oleada de trabajos referidos sobre la Guerra Civil que comenzó en la Transición y llegó a cubrir toda la década de los años 80 hasta los primeros años de los noventa. Este auge de publicaciones coincidió con los primeros trabajos e investigaciones sobre la Guerra Civil a nivel académico y también con una pequeña y breve apertura del debate público sobre el periodo bélico, más allá del silencio que se quiso imponer a nivel político, ensalzando a los actores políticos de la Transición y haciendo todo lo posible por olvidar el pasado traumático, enterrarlo debajo de la alfombra y mirar hacia un futuro próspero y de concordia (Os suena esto, ¿verdad?)

   Vayamos a lo concreto. ¿Cómo y de qué manera se reflejó la Guerra Civil española en los primeros trabajos que trataban específicamente este periodo de nuestra historia?



   Un primer ejemplo lo encontramos en la tetralogía Eloy (Hernández Palacios, 1979, 1980, 1981, 1987), que utilizó una identificación conectiva al presentar a los republicanos como “nosotros” pero no a los enemigos, ya que los pertenecientes al bando franquista no aparecen personificados. Se plasman como “entes” que sirven de contrapeso al protagonista republicano. Aun así, intenta rehuir de polémicas sobre la guerra y presentarla como una situación muy excepcional de manera lineal.







   Por el contrario, hubo cómics vinculados a la extrema derecha, como la novela gráfica editada por Fuerza Nueva Setenta días en el infierno. La gesta en el Alcázar de Toledo (Carlos y Luis F. Crespo, 1978). Es un claro ejemplo de alegoría de esta batalla y ensalzamiento del bando franquista de una forma sesgada y parcial, demonizando al bando republicano.











   En los años 80, el tratamiento generalista y lineal sobre la guerra que se quiso dar en la década de los setenta varió levemente con comics como Emili Piula (Subirachs, 1980) o con la serie de ocho historietas publicadas en la revista Cimoc (Víctor Mora, 1986, 1987). Se abandonó la identificación «nosotros-republicanos», y se optó por otra más alejada y aséptica ejemplificada en un «ellos-republicanos», representándose además la guerra como una locura colectiva entre los dos bandos que no debiera repetirse en el futuro.


   La principal aportación del trabajo de Subirachs es que incluía a miembros de la Iglesia como actores protagonistas de la guerra, un hecho que “accidentalmente” se había obviado en obras anteriores.
   Pero este primer auge de cómics y novelas gráficas sobre la Guerra Civil no se tradujo en un mayor interés por parte de los lectores, editores ni para el público en general. Las publicaciones de los años ochenta sobre este tema pertenecían a editoriales muy pequeñas, casi marginales. La crisis de las grandes editoriales hizo que muchas de ellas desaparecieran, otras tuvieron que fusionarse o reconducir su temática mediante la contratación de autores muy consagrados cuyas obras tratarían temas más costumbristas, que no incomodasen a nadie. Además, durante el gobierno socialista se creó la idea (falsa pero perdurable) de que mirar al pasado traumático de la guerra, era algo incómodo y propio del cajón de la historia, que podía romper España. Había que mirar hacia el progreso y la modernidad (cerca estaban de celebrarse en 1992 los Juegos Olímpicos de Barcelona y la EXPO de Sevilla) y esconder bajo la alfombra toda mirada crítica sobre la Guerra Civil, para crear una concordia ficticia. Estos dos hechos fueron dos factores que produjeron en los años 90 una década de silencio y olvido de los cómics sobre la Guerra Civil española.

   Por suerte, en 1997 se publicó Un largo silencio de Francisco Gallardo, que supuso una ruptura del silencio historiográfico sobre la Guerra Civil por parte del mundo del cómic y de la novela gráfica, y aportó una nueva perspectiva al relatar la trayectoria vital de su padre en el conflicto –el miedo de la artillería, los fusilamientos en ambos bandos y el encierro en los campos de concentración del sur de Francia como exiliado–. Es un punto de vista novedoso que sirvió de ejemplo para futuras obras que explicaremos en otro momento. Otra de las novedades de este trabajo fue su formato de novela gráfica, ya que se presentó como una especie de cuaderno o diario junto a fotos y dibujos del padre del autor, algo similar a lo que hizo Art Spiegelman en Maus. Esta compilación de documentos personales intentaba dar verosimilitud a la historia y acortar la distancia entre la realidad traumática de la guerra y su representación gráfica. Además, Un largo silencio fue una de las obras pioneras en el tratamiento de la Guerra Civil desde el punto de vista de la memoria biográfica y supuso el inicio de una larga y próspera serie de cómics y novelas gráficas publicados ya en el siglo XXI cuyo valor y trasfondo fundamental será el de formar parte de la llamada “memoria histórica”.








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